La celebración del tricentenario del convento de Santa Rosa de Ocopa ha alterado las coordenadas de este espacio dedicado a la oración, la reflexión y el estudio. Sus habitantes, acostumbrados al silencio y la tenuidad, ahora deben lidiar con los reflectores y el ruido exterior. Tres frailes viven en Ocopa: Jorge Ñiquen, Antonio Vásquez y Antonio Goicoechea. El primero es el guardián, término que un lego podría interpretar como vigilante o centinela, pero que en la orden franciscana se refiere al superior de un convento. Ser superior no significa estar arropado por un poder omnímodo, aclara el padre Ñiquen. El guardián no es “el más más del convento, simplemente es aquel que está a cargo del cuidado de los hermanos”. La parafernalia alusiva a los 300 años es ajena a los moradores de Ocopa. Son fastos externos. Puertas adentro, ellos continúan con su vida monacal. “No es una celebración para enaltecernos, para valorar la grandeza —que los frailes eran los mejores del mundo y los Superman—, si no para mostrar al mundo el esfuerzo y la dedicación de los hermanos franciscanos a lo largo de los tres siglos”, dice el fray guardián. No solo en las misiones, también en el trabajo cotidiano, añade. “Lo que queremos nosotros es ayudar a la gente, motivar a las personas, y no tanto engrandecernos”. Ahora bien, que el guardián de Ocopa no sea proclive a las festividades no quiere decir que infravalore el convento. Antes de mudarse a él en 2020, lo conocía por sus estudios, pero recorrer sus ambientes fue una experiencia inmersiva. “Una cosa es que nos lo digan y otra cosa es vivirla en el mismo convento, en los claustros, en las pinturas, en los libros. Se va respirando un poco de historia, de riqueza y del legado de nuestros hermanos que nos han antecedido”. Con respecto a los misioneros que arriesgaron sus vidas en cumplimiento de su tarea evangelizadora, dice que son “guerreros” y ejemplos de “fortaleza” y “perseverancia”. Mientras tanto, el padre Antonio Vásquez destaca a los frailes que fundaban escuelas o comunidades durante sus expediciones, sumando territorios a la futura república del Perú: “Si usted va a Satipo, de aquí a Comas para allá, todo es San, San, San, San... Nombres de santos”. El fray guardián no desmerece las contribuciones que se suelen resaltar de Ocopa (infraestructura vial, accidentes geográficos, etc.), pero él elige rescatar la esencia: la religión, que —considera— ha sido un poco relegada. 193
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx