300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

La fe es un superpoder, escribe el novelista español Javier Cercas en El loco de Dios en el fin del mundo, libro que orbita alrededor del expapa Francisco. Lo dice en alusión a los misioneros, hombres y mujeres que renuncian a sus familias —y que en muchos casos abandonan el confort de Occidente— para internarse en territorios olvidados por el progreso, donde la pobreza y la violencia campan sin oposición o el catolicismo es apenas un parpadeo. Su misión es ayudar a la gente: que viva un poco mejor (o sufra menos), que coma, que se eduque, que crezca. La fe es su motor, una fe sobrehumana como la que hace más de 300 años impulsó al sacerdote Francisco de San José a dejar su natal España para llevar a Dios a las poblaciones autóctonas de América. Francisco de San José, como la muchedumbre de misioneros que lo antecedieron y sucedieron, estaba convencido de que su deber era salvar las almas de los indígenas americanos convirtiéndolos al cristianismo. Era otro mundo, sin relativismos, donde había una sola verdad, sacra y eterna. Servidores de Dios, pero también de la Corona española, los misioneros se embarcaron hacia el nuevo continente para llevar —además de la cruz— la civilización y la cultura letrada, armados con el superpoder de su fe y poseídos por la convicción de que tenían que rescatar moral y culturalmente a los habitantes de aquellas remotas tierras. Entre todos ellos sobresalió Francisco de San José, cuyo periplo americano culminó en el Perú, donde en 1725 fundó el convento de Santa Rosa de Ocopa. No lo sabía, pero estaba empezando a cambiar la historia del Perú. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 17

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