300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

“Además de escribir varios apuntes, tomar vistas y dibujos, estoy retocando el Diccionario Campa, mediante los buenos intérpretes que tengo en mi compañía”. “Aquí tuvimos también el gusto de encontrarnos con el padre y la madre de Rinchuya, nuestro guía y compañero de viaje. Como hacía seis años que este muchacho se había perdido yéndose por el Cerro de la Sal y San Luis, no se puede describir dignamente el encuentro tan inesperado con sus amorosos padres (aunque salvajes). Se hallaban reunidas unas cincuenta personas, cada una conversando en su propio idioma: los campas con los campas, los amueshas con los amueshas, y los ‘civilizados’ entre sí. Sin embargo, todos estaban admirados y conmovidos por el cuadro que ofrecía Enrique Rinchuya junto a sus padres y hermanos. De inmediato, él se sentó sobre un palo, se quitó el sombrero y lo colocó sobre sus rodillas, mientras lo rodeaban su padre, su madre y sus numerosos hermanos y hermanas. Nosotros, y avances significativos en su labor lingüística. A pesar de su delicado estado de salud —con fiebre y llagas en los pies— continúa trabajando intensamente en el diccionario campa. ¿Quiénes eran los intérpretes? Eran los acompañantes indígenas del misionero, principalmente jóvenes que, desde el inicio del viaje, no solo ayudaban a cargar los enseres, si no que también cumplían funciones esenciales como guías e intérpretes. Entre ellos destaca Enrique Rinchuya: Este Enrique Rinchuya, quien, además de traducir, fue un mediador lingüístico y cultural clave en momentos de tensión, como cuando el campa Michi, aparentemente hostil, se plantó frente al grupo lleno de cólera. Gracias a la intervención de Enrique, se logran explicar las intenciones pacíficas del viaje y evitar un posible ataque. Estos acompañantes no solo son asistentes prácticos, si no figuras esenciales para la supervivencia del grupo, salvándolos de padecer el mismo destino que otros franciscanos asesinados por flechas. Durante sus noches en Masisea, complementa su tarea lexicográfica con actividades pastorales, como rezos, cantos y charlas doctrinales. Así, el diario revela cómo su diccionario fue fruto de un proceso inmerso en la vida local, sostenido por el contacto directo con hablantes. Otra estrategia fue el uso de la música. Sala compuso cánticos religiosos en asháninka con melodías de aire europeo y enseñó estas canciones a los niños que lo acompañaban. Estas melodías servían como llave de entrada a las casas donde se hospedaban, suavizando resistencias y generando que también éramos muchos, observábamos la escena con atención, comiendo algunos plátanos maduros que nos ofrecieron. Su madre, que era amuesha, comenzó a reprenderlo por haberse ausentado tanto tiempo sin dar noticias de su paradero. Su padre, que era campa, remachaba la recriminación con la severidad y energía propias de su tribu. Sus hermanitos solo lo miraban y lo tocaban con ternura. Él, avergonzado, permanecía con la cabeza gacha, sin atreverse a levantar los ojos, y apenas respondía con un ‘atech ma’ (‘así es’) o en campa ‘ario vi’ (‘sí, pues’)”. 139

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