300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

adelante durante un retiro. Estaba discurseando sobre los diez mandamientos —amar a Dios sobre todas las cosas, no jurar su nombre en vano, santificar las fiestas, honrar a padre y madre, etc.—, cuando de pronto una señora le dijo: “Padre Goico, ¿yo puedo honrar a mi padre que me violó?”. La revelación dejó en shock al religioso. Acto seguido, recuperado del mazazo, le recordó a la mujer las palabras de Jesucristo azotado, abofeteado, vejado, en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El padre Goicoechea intentó convencerla de que “perdonar es maravilloso”. No lo consiguió de arranque, pero poco a poco logró atemperar su voluntad y al final de la jornada, durante la confesión, le transmitió la frase de la mamita calumniada. La señora “quedó agradecida, llorando de emoción y repitiendo: ‘Mi venganza es perdonar’”. Estos incidentes perturbadores no acaparan el haber sacerdotal de Antonio Goicoechea, quien también alberga recuerdos “muy bonitos”, como aquel que involucró a un grupo de chicas del último año de secundaria de un colegio que habían acudido a él para confesarse. Las adolescentes llevaban sendas listas de pecados que sabe Dios quién había redactado o instigado a hacer. “Señorita, con tu permiso, la voy a romper”, le dijo a una de ellas en alusión a la hoja llena de presuntas afrentas. “Y ahora vas a decir: ‘Yo-no-soy-la-mayor-pecadora-del-mundo’. Tú no eres la mayor pecadora del mundo. No, no, no, mamita”. Las escolares, con el alma recuperada y liberadas del miedo cerval que probablemente un aprendiz de Torquemada había inoculado en sus cabezas por cometer unas travesuras juveniles, estallaron en muestras de gratitud. “Me agradecieron tanto, tanto, tanto, que después de confesarse y darles la absolución, vinieron y se me echaron encima: ‘Gracias, gracias, gracias’”. En vez de gangrenar su ánimo, el padre Goico lo inflaba. Les decía: son muchachas, simpáticas, están terminando quinto de media, agradezcan a Dios, a sus papás. Y añadía: si son chicas buenas, normales, son angelitos. Continuando con gente joven, el sacerdote cuenta que un día una alumna universitaria le soltó sin anestesia: “Padre, yo quiero tener un hijo con usted”. “No, mamita, ahí nomas”, le respondió él. Un recuerdo que hoy le da risa, como otro similar protagonizado por una estudiante que le escribió en una carta que se había enamorado de él a primera vista. “Ya sé que es un amor imposible, pero yo le quiero”, rezaba el mensaje. Este padre que ha confesado a miles de personas, en español y quechua (idioma que también emplea en sus sermones), atesora de su tarea pastoral y su paso por la docencia motivos para sentirse satisfecho. Por ejemplo, cuando se encuentra con un exalumno que lo saluda con la frase “Ser inteligente con tiempo”, el lema que lo identifica y que subraya la importancia de estar preparado y no improvisar; o su contribución a que una persona (como la mujer violada por su padre) halle la paz interior. De la mística del heroísmo al sentimentalismo exagerado El padre Goico pone el acento en los mártires cada dos por tres. Tiene en un pedestal a los hombres que murieron durante su misión evangelizadora en la selva, abatidos por flechas, atacados por animales o ahogados en ríos. Es la mística de Ocopa —dice—, “una mística de heroísmo” a cuyos protagonistas equipara con héroes como Grau o Bolognesi: estos dieron su vida por la patria y aquellos por Cristo. 201

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx