Con el Perú profundo El padre Goico ya no enseña, pero pervive en él la necesidad de ser claro, de que sus escuchantes lo entiendan bien para no dejar resquicio a la duda o la ambigüedad. Suele repetir sus últimas palabras antes de concluir un comentario y remata, a modo de muletilla, “¿entendido?”. A ratos, cuando quiere enfatizar algo, se pone de pie, alza un poco la voz y se aproxima a su interlocutor para hablarle. Al mismo tiempo, sin embargo, se expresa en modo ráfaga: dispara sus frases, como si quisiera decir lo máximo posible en el tiempo limitado de las entrevistas antes de volver a recluirse en el silencio que acompaña a sus lecturas o estudios. Así las cosas, hay que estar muy atentos para no perder el hilo de sus intervenciones. En cualquier caso, el padre Goicoechea es un ameno narrador, un manantial inextinguible de historias propias, sobre todo relacionadas con lo que él denomina el “Perú profundo”. Tiene muchas, provenientes algunas de su experiencia de 15 años ocupándose de la Semana Santa en Tarma. “Un trabajo brutal”, recuerda, que comprendía hasta ocho horas continuas de confesiones. El nonagenario clérigo comparte un puñado de relatos. Una vez una señora le contó: “Padre Goico, mi esposo ya no me quiere”. “Sí te quiere”, replicó él. “No me quiere, padre Goico, mi esposo no me quiere”. “Sí te quiere, mamita. ¿Por qué no te va a querer?”. “No me quiere, ya tiempo que no me pega”. En otra ocasión, una mujer, calumniada por gente que la acusaba de haber matado a su esposo, le dijo: “Padre Goico, mi venganza es perdonar”. Punto final. La sentencia quedó tatuada en la memoria del sacerdote, que la rescató más 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa Foto: Jhonatan Javier
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