Lector aplicado, sus obras preferidas estaban relacionadas con los santos, en especial Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Que su cabeza anduviera en lecturas edificantes y rehuyera el mundanal bullicio no lo hacía inmune a las crispaciones de su tiempo. Pío Sarobe tuvo que servir en el ejército carlista en medio de las guerras que se desataron en España tras la muerte del rey Fernando VII en 1833 entre partidarios de su hija Isabel II y su hermano Carlos. El acuartelamiento no debilitó el celo religioso del joven Pío, de quien sus compañeros de armas decían que era mejor rezando rosarios que disparando. El fin de las guerras en 1876 obligó a Pío, como parte del bando carlista, a abandonar España. El ostracismo, sin embargo, lo acercó a una vocación que el clima bélico y antirreligioso en su país convertía en una temeridad: pertenecer a la orden franciscana, de la cual se sentía atraído por su austeridad. En Francia, donde se refugió, coincidió con el padre Bernardino González, que estaba buscando jóvenes aspirantes para el convento de Santa Rosa de Ocopa, una tarea inviable en la España de entonces, donde se perseguía a las órdenes religiosas. Pío, un mozo de 21 años, arribó a Lima el 7 de mayo de 1876. Hizo su noviciado en Ocopa y fue ordenado sacerdote en 1883. Su arrebato religioso no pasó desapercibido en el convento y fue elegido guardián de Ocopa en 1888 por tres años, cargo que repitió en 1903. Entre un periodo y otro se desempeñó como maestro de novicios. El padre Pío Sarobe aprendió quechua para servir mejor a los habitantes del Valle del Mantaro. Atendía a los enfermos, celebraba misas, catequizaba, escuchaba confesiones y predicaba en un lenguaje llano en los pueblos de la zona, donde su devoción y su carisma conquistaron almas y corazones. Claustros adentro, su vida era la oración. También escribía textos sobre asuntos espirituales, donde expresaba su modestia. Por ejemplo: “Y pidiéndole a mi buen Jesús la gracia de ser todo suyo, me inspiró el conocimiento de mi indignidad, de modo que no solo soy indigno de servir a este amabilísimo Señor, si no también al más mínimo de mis hermanos”. Al padre Pío le atribuyeron milagros en vida. Se decía que sus oraciones curaban a enfermos e incluso que, en una ocasión, fuera del convento, transformó a la distancia agua en vino tras enterarse de que un sacristán había olvidado colocar la mencionada bebida para una misa. Otro hecho asombroso que la gente del Valle del Mantaro relataba sobre Pío Sarobe ocurrió en 1900. Unos obreros trabajaban en la restauración de la iglesia del convento cuando se percataron de que una viga que estaban colocando no tenía el largo necesario. Informado el padre Pío, les pidió que salieran de la iglesia. Se quedó solo en ella, rezó unos minutos y luego llamó a los trabajadores para que reanudaran su faena. Grande fue la sorpresa de los hombres cuando descubrieron que la viga, antes menguante, tenía ahora un metro de más. Quizá el mayor milagro que protagonizó el padre Pío fue el de la simultaneidad espacial. Dieron fe de ello los habitantes del pueblo de Mito, quienes habían convocado a unos sacerdotes de Ocopa para que organizaran una misa y una procesión con motivo de una fiesta patronal. Como los padres no llegaron a la hora acordada, un grupo de pobladores fue al convento, donde los recibió Pío 44
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