El historiador Jimmy Martínez explica que Juan Santos Atahualpa fue un hombre formado por padres jesuitas que se rebeló contra la Corona española debido a los abusos que —según él— sufrían las comunidades. Los atropellos de las autoridades reales y los intereses económicos que había alrededor del comercio de la sal provocaron la insurrección de Juan Santos Atahualpa en la selva central. Juan Santos Atahualpa se consideraba un mesías y su objetivo era expulsar a los españoles y restaurar el imperio de los incas. Algunas investigaciones “lo consideran como un precursor de la independencia”, añade. Para el historiador Martín Arauzo, Juan Santos Atahualpa fue un personaje “muy complejo” como para enjaularlo en una definición. “Hay que entender que este proceso tiene mucha violencia”, dice. “Él empieza a matar a franciscanos, a matar a la población que está en la selva. Por ejemplo, en Monobamba tienen el recuerdo de que ingresa con mucha violencia y genera muertos”. No es sencillo desentrañar al insurgente. “Es muy difícil de entender, quizás tendríamos que ahondar más sobre Juan Santos Atahualpa. ¿Por qué se pierde su presencia? ¿Qué pasa ahí?”. Con los de arriba y los de abajo En Nueva crónica y buen gobierno, el cronista Felipe Guamán Poma de Ayala dibujó a un fraile franciscano en el acto de entregarle un pan a un nativo arrodillado. “Come este pan, pobrecito”, le dice el religioso. “Sea por amor de Dios”, se aviene su interlocutor. Guamán Poma de Ayala se refiere a los padres franciscanos como “santos y cristianísimos; son de gran obediencia y humildad y caridad, de amor al prójimo y limosnas. Quieren y aman muy mucho a los pobres de Jesucristo. En todo el mundo son amados y queridos y honrados. En el Cielo mucho más. Con su amor y caridad atraen a todos los ricos como pobres en el mundo, y mucho más a los indios pobres. Jamás se ha oído quejas de los bienaventurados frailes, y confesarse con ellos es gloria, porque el penitente se arrepiente. Por aquel amor y caridad que me parece, (quisiera que) estos santos de Dios anduviesen en los pueblos de los indios confesando. Todos los indios sin temor se allegarían y los buscarían y no se huirían, porque diciendo que viene fraile franciscano luego todos acuden a besar las manos”. El cronista ayacuchano vivió entre los siglos XVI y XVII, mucho antes de la fundación del convento de Santa Rosa de Ocopa, pero ya entonces registró de manera positiva el impacto de la labor de los franciscanos, cuya presencia en el Perú se rastrea desde 1531. Si Guamán Poma de Ayala había retratado a unos frailes cercanos a los indígenas, varias centurias después, en el siglo XX, José María Arguedas arremetía contra la Iglesia alineada con el poder que amansaba a los indios de las haciendas en el sur andino para facilitar su sometimiento. “Yo he escuchado a predicadores franciscanos en una hacienda de Apurímac afirmar, desde el púlpito de la iglesia dorada del 64
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx