300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

Tiene la cabeza inclinada hacia la derecha y una expresión beatífica que refuerzan sus manos entrelazadas a la altura del pecho, parcialmente cubiertas por su sayo. Epítome de la humildad, la fotografía que inmortaliza a Pío Sarobe es la única que se conserva de él en vida. Lo que tal vez poca gente sabe es que en la imagen original el padre Pío no estaba solo, si no acompañado por otras personas, entre ellas el obispo de Huánuco (diócesis a la que pertenecía el convento de Santa Rosa de Ocopa en 1904, año en que se tomó la foto). La frugalidad que Pío Sarobe trasluce en su hábito y su lenguaje corporal contrasta con el rictus de gravedad del obispo —el gesto de quien está acostumbrado a mandar— y su grueso atuendo. Las circunstancias en que se hizo la fotografía perfilan a un hombre que ha pasado a la historia como santo. Alérgico a los retratos, pero fiel a sus votos, el padre Pío, obediente y de rodillas ante su superior, acató la orden del obispo —que estaba de visita en el convento— de hacerse una foto grupal. Milagros en vida (y después) Hay nombres proféticos, que delinean un camino y marcan para siempre a sus portadores. El 5 de mayo de 1855, un día después de haber nacido en el pueblo español de Astigarraga, el santo de Ocopa fue bautizado como Pío José. Devoto, benigno o misericordioso son otras palabras para definir a un pío y que parecen haber sido acuñadas para describir a Pío Sarobe, quien desde pequeño llevó una vida virtuosa, muy apegada a las prácticas religiosas. Su abuela materna fue su cicerone en la doctrina y los rituales católicos. Ella se hizo cargo de Pío cuando este no había cumplido ni un año (quedó huérfano de madre a los 21 días y de padre a los once meses) y de su hermano mayor Norberto. Ya en el colegio Pío apuntaba para santo. Así se referían a él sus condiscípulos por su carácter manso y, al mismo tiempo, su reciedumbre para rechazar las travesuras propias de su edad o apartarse del ruido juvenil, al extremo de que sus compañeros hacían sus trastadas sin que él se enterase para no incordiarlo. 43

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