“Mira, yo soy viejo, he visto mucho, he conocido a muchos birakochas: misionero, cauchero, maderero, colono, SINAMOS, ingeniero, doctor, antropólogo... todos son iguales. Vienen aquí y nos dicen: ‘¿Por qué vives así? ¡Debes vivir de otra forma, yo te voy a enseñar! Tienes que hacer esto, lo otro...’. ¡Ellos nomás hablan! Nunca escuchan lo que es nuestro pensamiento”, le dijo una vez un sheripiari, chamán asháninka, al antropólogo Eduardo Fernández. Los indígenas que se levantaron bajo el liderazgo de Juan Santos Atahualpa en el siglo XVIII no buscaban ungir a un inca en Lima, según el historiador Alberto Flores Galindo. Solo aspiraban al desmantelamiento de las misiones para recuperar la vida que tenían antes. En la orilla de los aludidos, el padre Antonio Goicoechea critica a los antropólogos que —sostiene— dicen que “hay que dejar a los nativos sin tocarlos, ellos mismos que se desarrollen”. “En todas partes se le educa al niño. Yo no le voy a pedir al niño que crezca por su cuenta. Había que educarlos, había que enseñarles la lengua, había que hacerlos peruanos”, defiende. El padre Mario Brown apuntala: “Hay personas que quieren que no hagas nada con los nativos, ‘déjalos como están’, ‘ellos verán’. Yo estaría de acuerdo quizás si no los conociera, pero lo primero que quieren los nativos es algo mejor para sus hijos. Ellos han escuchado de escuelas, y es lo primero que piden: antes que la salud, la escuela”. El historiador Martín Arauzo señala que “hay que entender los contextos”, no ampararse en el presentismo para juzgar a los misioneros por acciones de siglos pasados que hoy serían cuestionables y que los franciscanos consideraban necesarias para la realización de su labor misional. Juan Santos Atahualpa Muchos indígenas veían a los misioneros franciscanos como invasores, extranjeros que intentaban imponerles su fe y su cultura aplastando la suya. También les temían por las epidemias que su presencia originaba y que provocaban una alta mortalidad infantil. Así las cosas, se rebelaron. “Ladino” y “embustero” escribió el padre José Amich para referirse a Juan Santos Atahualpa. Mientras tanto, el padre Antonio Goicoechea tachó de “cruel” al hombre que en 1742 desató una sublevación que destruyó muchas misiones franciscanas en Chanchamayo, Perené, Gran Pajonal y Pangoa, entre otros lugares. 63
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