300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

a imitar todo lo que hacían sus jefes: “Como monos y carneros, imitan los movimientos, vicios y virtudes de su patrón”, escribió. En cambio, con los campas y amueshas, que aún vivían de forma independiente, sin haber sido explotados, sugería una estrategia distinta: colonizar sus tierras para rodearlos poco a poco, esperando que con el tiempo adoptaran las costumbres cristianas por convivencia y presión social. Es precisamente en el contexto del proyecto civilizador y evangelizador donde se elabora su obra póstuma: Diccionario, gramática y catecismo castellano, inga, amueixa y campa (1905). Esta obra recoge cuatro lenguas, con el castellano como lengua dominante, que sirve de referencia, seguido del quechua, que era la lengua con mayor producción en ese entonces, y de las lenguas amazónicas: el amuesha (yánesha) y el campa (asháninka), cuya sistematización gramatical y léxica no tiene precedentes hasta esa época. El texto está organizado en columnas paralelas, que establecen equivalencias léxicas entre estas cuatro lenguas. Sin embargo, al revisar el diccionario y comparar las lenguas, resulta inevitable notar el verdadero reto que implicaba intentar encontrar equivalencias conceptuales entre culturas profundamente distintas. Esta tarea exigía no solo conocimiento lingüístico, si no también una comprensión profunda de los sistemas simbólicos y espirituales propios de cada grupo. Tal como se observa en la entrada correspondiente a la palabra Dios, Sala no se limita a ofrecer una traducción literal, si no que procura identificar referentes espirituales significativos dentro de cada cultura, integrando así los elementos cristianos en el entramado simbólico de los pueblos amazónicos. La elección de términos como Pachacamac y Capac Apu —figuras sagradas del universo andino— ilustra una forma de sincretismo semántico, mediante el cual se buscan equivalencias funcionales más que literales. Esta negociación intercultural implica una profunda sensibilidad lingüística y religiosa, y refleja cómo el quechua pudo haber servido como lengua intermediaria en la traducción a lenguas amazónicas, una práctica común en las misiones desde el siglo XVIII. Cabe entonces la pregunta: ¿cómo aprendía fray Gabriel Sala las lenguas indígenas? Sus diarios de viaje ofrecen algunas pistas, particularmente sobre el campa (asháninka). El 28 de diciembre de 1897, relata que, mientras esperaba que mejoraran las condiciones del río, aprovechaba el tiempo para redactar varios apuntes, tomar vistas y hacer dibujos, además de retocar el diccionario campa con la ayuda de los buenos intérpretes que lo acompañaban en el viaje. A estos acompañantes los llamaba “mis chunchitos”, refiriéndose a indígenas campas que habían decidido acompañarlo voluntariamente, y que, según señala, estaban todos acostumbrados a andar por los bosques, ríos y caminos difíciles. Más adelante revela otra estrategia. El 8 de marzo de 1897, al ingresar al Gran Pajonal —territorio temido por su reputación de resistencia indígena—, Sala diseñó una táctica creativa: componer cánticos religiosos en lengua campa como medio de acercamiento y evangelización. Según narra: Castellano: “Dios” / Inga: “Dios. Pachacamac. Capac Apu” / Amueixa: “Yungus: Dios” / Campa: “Dioschi (Pahuá)” 128

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx