“Dios ha usado contigo de misericordia: y por eso ha dicho en tu corazón, vete á confesar todos los pecados que has hecho; porque Dios te ama mucho, y por eso hasta ahora no te ha castigado arrojándote al infierno, como ha castigado á otros muchos con menos pecados que tú. Arrepiéntete, pues, de todos tus pecados, y no vuelvas, hijo, á pecar más. No has de creer en brujerías, ni en supersticiones; ni has de creer á aquellos hombres que dicen que los trabajos, enfermedades y la muerte vienen del brujo y del demonio. Todas estas cosas, los trabajos, enfermedades y la muerte Dios nos lo envía en castigo del pecado. Has de venir á oír la misa todos los domingos y días de fiesta y vivir como Dios manda, como buen cristiano, y por eso has de vivir bien con tu mujer, amándoos y sufriendo mutuamente y guardándoos fidelidad. Por eso, de aquí en adelante ten cuidado, de pecar con otras mujeres, ó si no Dios te arrojará al infierno, si no te enmiendas con esta instrucción. Tampoco debes emborracharte, ni hacer emborrachar á otros; porque los borrachos en el cielo nunca se puede hacer. Arrepiéntete bien ahora de tus pecados, y promete á Dios, que nunca volverás á pecar; y así bien arrepentido, reza el señor mío Jesucristo”. (A. M. D. G.) “Entre las numerosas tribus que allí existen, algunas en vías de civilización y otras aún por civilizar, se cuenta la de los Campas, la mayor de todas por la densidad de su población. Aunque a nosotros nos parece que esta asciende aproximadamente a unos cuatro mil habitantes, no falta quien eleve esta cifra a diez mil, como el señor G. Stiglich, e incluso hasta dieciséis mil, según el autor von Hassel, quien la distribuye de la siguiente forma: Campas, de 3 a 4 mil; Machiguengas, de 3 a 4 mil; Campas bravos o Unconinos, unos 5 mil; Chonta Campas, 1.500; y Cashibos, 3 mil”. (Gabriel Sala) Relación con los campas (asháninkas) En el mapa final del viaje de Sala por el Gran Pajonal se anota: “Está habitada por campas bravos”. Esta percepción contrasta con la imagen de los campas en el siglo XVI, cuando cronistas como el jesuita Font los describían con admiración, destacando su hospitalidad y calificándolos como personas de “lindo rostro, vivo y alegre”. En esa época, eran vistos como pueblos dóciles que recibían a los misioneros con cantos y música. Sin embargo, esta visión cambió drásticamente tras el levantamiento de Juan Santos Atahualpa y la resistencia indígena, lo que transformó la representación de los campas en la memoria colonial. En el siglo XX todavía se les considera como un grupo extenso en número: 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 137
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