El 4 de marzo de 1757, un grupo de misioneros franciscanos, acompañados por alrededor de 300 indígenas convertidos al cristianismo, llegaron al pueblo de Masemage, en Manoa. Fue una catástrofe. El día despuntaba y sobre los religiosos —pertrechados con herramientas, chaquiras y otros objetos para vencer la desconfianza de los aborígenes— cayó un alud de flechas. Los misioneros intentaban aplacar su resistencia comunicándoles a través de señas que llevaban objetos para obsequiarles, pero fue inútil. Mientras tanto, los indígenas cristianos repelían los ataques con sus propias armas, originando una encarnizada batalla y bajas en los dos bandos. Ante la evidencia de que prolongar la misión solo provocaría más violencia, los franciscanos decidieron recular. Durante la retirada, el padre Antonio Cabello, que se había detenido para socorrer espiritual y materialmente a los heridos, fue alcanzado por los “infieles” que perseguían a los cristianos huidores y lo mataron. También murieron once indígenas conversos y quince en la contraparte. La incursión no fue un fracaso total desde la perspectiva franciscana. Mientras unos y otros guerreaban, los cristianos cogieron a un chico y dos chicas del pueblo que pretendían reducir y se los llevaron para educarlos en su fe y enseñarles español con el fin de que actuaran como intérpretes en futuras misiones. No querían más malentendidos. Al cabo de un año los tres menores setebos ya hablaban el idioma de los conquistadores. Los cautivos fueron bautizados y una de las chicas que destacaba por su carácter vivaz, nombrada Ana Rosa, desempeñó un papel relevante en las acciones de evangelización franciscanas. Curaca y evangelizadora En 1760, un colectivo compuesto por misioneros, indígenas aliados, soldados y Ana Rosa emprendió un viaje en busca de gentiles. Un día vislumbraron en el río Manoa una canoa que transportaba a cuatro de ellos, dos varones y dos mujeres. Para no ahuyentarlos, todos se escondieron, salvo Ana Rosa, quien se aproximó a los navegantes para persuadirlos de que accedieran a hablar con los padres. Fue una tarea difícil que —según narración del padre José Amich— exigió de la joven “muchas súplicas y promesas”. Ana Rosa ablandó la renuencia de los indígenas, pero cuando estos vieron a los sacerdotes —que habían salido de su guarida tras ser llamados por la intérprete— acercarse a ellos, tres corrieron hacia el monte desapareciendo de su vista. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 33
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