“Considerando el carácter feroz de los campas del Gran Pajonal, y que no hay corazón, aunque sea de fiera, que no se rinda a la fuerza de la música, juzgué por muy conveniente componer algunos cánticos en el idioma de dichos indios, y enseñarlos a los muchachos que me acompañaban, para que cantándolos [...] nos tuviesen por amigos y nos diesen de comer”. El canto, en este contexto, no solo fue una herramienta evangelizadora, si no también una estrategia de subsistencia. Para Sala, la música en lengua indígena generaba simpatía, confianza y facilitaba el acceso a recursos básicos durante sus travesías. Él mismo relata que algunos padres indígenas le llevaban a sus hijos con la esperanza de que, al ser “soplados en las orejas” por el misionero, pudieran aprender a hablar y cantar como los cristianos: “Yo les decía que me soplasen también a mí, para poder hablar el campa como ellos lo hacían”. De este modo, su labor lingüística no puede entenderse al margen de su vocación religiosa, pues en ella convergen la sistematización gramatical, la mediación simbólica y el arte de la persuasión evangelizadora. Su legado trasciende el mero aporte lexicográfico: constituye una ventana hacia los modos en que las lenguas originarias actuaron como puentes — pero también como fronteras— en la tensa interacción entre la fe cristiana y las cosmovisiones indígenas. A continuación, examinaremos por separado su relación sociolingüística con el amuesha y el campa, respectivamente. Relación con los amueshas (yáneshas) Durante mucho tiempo, el término amuesha, junto a variantes como amage o amuexia, predominó en crónicas y estudios antropológicos para referirse a este pueblo. Sin embargo, hacia la década de 1980, comenzó a imponerse la autodenominación yánesha, que en su lengua significa “nosotros, la gente”. Actualmente, el yánesha es hablado por 1.142 personas en los departamentos de Huánuco, Junín y Pasco, aunque su vitalidad está clasificada como en peligro de extinción. La labor del padre Gabriel Sala entre los amueshas se desarrolló después de la segunda mitad del siglo XIX, cuando el Estado peruano intensificó la colonización de la región amazónica como parte de su proyecto de integración territorial. Con este propósito se fundó la Sociedad de Inmigración y Colonización, bajo cuyo auspicio se promovió el asentamiento de colonos europeos en el área de Pozuzo, entonces extremo norte del territorio amuesha. Paralelamente, se reanudaron las misiones franciscanas con una nueva generación de misioneros, entre los cuales destacó la figura de fray Gabriel Sala. Sala llegó a la Montaña Central en 1885, en un contexto de profunda transformación. Ya existía una misión en Quillasú, en el valle de Chorobamba, cerca del centro ceremonial de Palmaso, aún activo en ese momento. Entre 1886 y 1891, fundó las misiones de San Luis de Shuaro y San José de Sogormo, ambas ubicadas en las márgenes del río Paucartambo, frente al estratégico Cerro de la Sal, espacio de gran importancia para los yáneshas, consolidando así su presencia en el territorio. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 129
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