Este tipo de interrogatorios no solo buscaba adaptar a los indígenas a los preceptos cristianos, si no que también evidencia una estrategia compleja: comprender y controlar una cosmovisión distinta a través de categorías externas a ella. Así, lo que para los misioneros era idolatría o superstición, para los amueshas representaba formas legítimas de sabiduría, sanación y vínculo con lo sagrado. Sin embargo, esta desconfianza hacia los métodos de curación indígenas resulta cuestionable, especialmente cuando los mismos curanderos propiciaban una serie de excesos. El padre Sala relata excesos cometidos por ciertos chamanes amueshas, entre ellos prácticas de curación que habrían implicado el sacrificio de niños: Este proceso de evangelización no solo busca erradicar creencias y rituales, si no que impone un sistema de pensamiento en el que todo lo ajeno al cristianismo es identificado como pecado. El encuentro entre la cosmovisión cristiana y las culturas amazónicas en el marco de la evangelización se caracterizó por un profundo choque epistemológico, donde las concepciones sobre el creador, los seres imaginarios, los ordenadores del mundo y las nociones de lo sagrado “Esto que vamos a decir sería casi increíble, si no lo hubiéramos presenciado muchas veces. Pues bien: el mismo padre o madre, esposo o esposa, hermano o hermana, desempeñarán el papel de verdugo, solamente porque el corneichá, el brujo, adivino o curandero así lo ha insinuado. ¡Qué horror! ¡Qué impiedad!”. fueron confrontadas y reinterpretadas bajo los esquemas de la doctrina cristiana. En este proceso, los misioneros desplegaron una estrategia minuciosa y sistemática para transmitir los dogmas cristianos, estableciendo una relación dicotómica entre la fe indígena y el pecado, lo cual se evidencia de manera particular en la enseñanza del primer mandamiento. En este punto, la evangelización implicaba una reconfiguración radical de las creencias nativas: los dioses y espíritus tutelares de la selva fueron catalogados como falsas deidades o, en muchos casos, como manifestaciones demoníacas, mientras que los rituales tradicionales fueron condenados como supersticiones que alejaban al indígena de la “verdad” cristiana. Este esquema se replicó en la enseñanza de todos los mandamientos, donde la estructura moral judeocristiana entró en conflicto con los códigos de convivencia y las normas ancestrales de las sociedades amazónicas. Así, la evangelización no solo se impuso como un sistema de creencias, si no como una estrategia discursiva que buscaba desmontar la cosmovisión indígena a través de un lenguaje adaptado, traduciendo la exhortación religiosa al idioma nativo para darle un matiz de familiaridad y persuasión. Un aspecto clave en esta confrontación se dio en torno a las festividades, ya que las celebraciones indígenas, cargadas de simbolismo espiritual y social, fueron gradualmente suprimidas o resignificadas dentro del calendario cristiano. La evangelización, por lo tanto, no se limitó a la conversión doctrinal, si no que operó como un mecanismo de reestructuración cultural, en el que cada aspecto de la vida indígena debía ser reinterpretado bajo el prisma del pecado y la redención, generando un complejo proceso de sincretismo, resistencia y transformación de las creencias originarias. De este modo, se establece una estrategia de control cultural mediante la traducción de la exhortación religiosa al idioma indígena, en un intento de hacer que los propios hablantes interioricen la visión cristiana de la culpa y el castigo divino: 135
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx