El cuarto no pudo porque Ana Rosa impidió su huida cogiendo con fuerza su cushma. Los padres llegaron a él y lo abrazaron. Era setebo y se llamaba Runcato. Los misioneros y Runcato hicieron buenas migas. Los primeros regalaron al segundo herramientas y chaquiras para que fuera donde los suyos y les explicara que los franciscanos eran “amigos”. Runcato ofició de embajador de los religiosos. En el trayecto de vuelta a su comunidad se topó con un grupo de setebos, iracundos y armados, que iban tras los cristianos para vengarse. ¿Qué había ocurrido? Uno de los indígenas que se había internado en el monte escapando de los padres llegó a su pueblo y contó que los franciscanos habían asesinado a varios nativos. Runcato no solo desactivó la furia de los setebos relatándoles su propia experiencia; también logró convencerlos de que aceptaran ver con espíritu de concordia a los cristianos que aguardaban en la orilla del río. Fue un encuentro presidido por gritos de “¡amico!, ¡amico!” entre ambas partes, lanzados primero por los indígenas y rebotados en reciprocidad por los franciscanos. Tras las exclamaciones de camaradería unos y otros se mezclaron en abrazos, de acuerdo con el relato del padre Amich. Una ceremonia religiosa escenificada en una capilla armada con palmas refrendó la armonía conquistada. Luego el curaca de la comunidad invitó a los cristianos a su pueblo, donde fueron agasajados con plátanos sancochados y chicha. Un día después, los misioneros informaron a sus anfitriones que deseaban convertirlos al cristianismo para salvar sus almas. Los indígenas aceptaron y se acordó la construcción de una pequeña iglesia con maderos, caña y palmas, y una cruz que pocos días después concluyeron. El punto final fue la celebración de una misa. Ana Rosa no solo era clave como intérprete; su trabajo trascendía la mera traslación de palabras de una parte a otra. También adoctrinaba a sus paisanos y se esforzaba por apagar los rescoldos de desconfianza de los indígenas que aún creían que los cristianos querían matarlos. Los destinos de Ana Rosa y Runcato volvieron a cruzarse en 1767, cuando la primera informó al padre Francisco de San José (homónimo del fundador) de las rebeliones mortales contra los franciscanos que había propulsado el segundo. La joven Ana Rosa ya era una mujer de mediana edad cuando volvemos a tener noticias de ella que datan de octubre de 1790. El padre Narciso Girbal y Barceló, a la cabeza de una misión, llegó al pueblo de Sarayacu y del grupo que lo recibió sobresalía una mujer en la cuarentena, más afectuosa que el resto en su trato a los visitantes y que también se distinguía por su manera de vestir, cubierta hasta la cabeza, que —según el padre Girbal— la asemejaba a una monja. Ana Rosa no era monja, pero tan lejos no andaba, pues le explicó en español al misionero que profesaba con unción el cristianismo y que le habían enseñado a leer en Lima, adonde la habían llevado los franciscanos para formarla. Después, dijo, la habían devuelto a su tierra para desempeñarse como intérprete en las misiones. También contó que la había casado un padre franciscano, que era viuda y que no había vuelto a emparejarse por obediencia a la “ley de los cristianos”. La mujer setebo lo alojó en su casa, donde se quedó seis días. Trató al padre Girbal a cuerpo de rey. “Cuidó Ana Rosa de mi sustento y regalo, cocinándome como pudiera la mejor cocinera de Lima, pues tenía mucha habilidad y todo lo necesario con la mayor curiosidad y aseo. Ella misma me lavó la ropa”, escribió. 34
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