Con la conversión de los infieles no concluía el trabajo de los misioneros franciscanos. Franquear el ascenso al cielo cristiano a los indígenas era solo una parte de sus esfuerzos evangelizadores. La fe de los recién llegados a ella podía flaquear o, peor aún, desintegrarse, con el riesgo de que aquellos recobraran sus antiguas vidas, tachadas de disolutas por los religiosos. Puestos en esa tesitura, había que recargar la fe de los conversos, recristianizarlos —según el argot de los misioneros— para que no se alejaran de Dios y mantuvieran conductas presididas por una moral de cuarzo que no toleraba amancebamientos o libros libertinos. Por ello, los franciscanos organizaron misiones entre fieles que se extendieron hasta el siglo XX (incluso en espacios urbanos y entre colectivos no indígenas). Si bien estas expediciones no tenían el carácter épico de aquellas cuyo destino eran los agrestes territorios de la selva y que desafiaban la muerte en cada meandro o recodo, distaban de ser empresas improvisadas o simples. Había mucha preparación detrás de ellas y unas reglas estrictas. Los misioneros que partían del convento de Santa Rosa de Ocopa, de acuerdo con unas directrices de 1847, tenían que cumplir determinados procedimientos. Al llegar a un pueblo, debían informarse mediante su párroco de los vicios que circulaban entre sus habitantes para sermonearlos exaltando las virtudes que los contrarrestaban. A las parejas que convivían sin la bendición del matrimonio se les pedía que se casaran. Las misiones populares duraban entre quince días y un mes. Cuando finalizaban, los religiosos debían instalar una gran cruz en la fachada de una iglesia o un lugar muy visible en recuerdo de su presencia con una frase inscrita en su travesaño: “Memoria de la Santa Misión del año X”. La prédica de los misioneros no se constreñía al plano moral o religioso. En los sitios donde había comercio por vía marítima, advertían de que el contrabando era pecado. Su ascendencia era tan grande que a veces tenían la audacia de fustigar a los gobernantes locales si creían que andaban torcidos. En un reglamento de Ocopa fechado en 1873 se exigía a los misioneros no hablar con mujeres fuera del confesionario, no quejarse jamás de la comida o su habitación y no fumar por estar reñido con la decencia. Asimismo, se les prohibía aceptar pollos, gallinas u otras aves (a menos que los necesitara un enfermo) y usar cubiertos de plata. 51
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