Además, le cedió al religioso la barbacoa en que ella dormía, la única que había en la comunidad, pues los demás se acostaban en la tierra. Y su percepción de que la mujer descollaba era certera, pues descubrió que era la curaca de su pueblo. Ambos rezaban juntos y pese a que Ana Rosa había perdido contacto directo con los misioneros cristianos, la ausencia de lazos con ellos no había erosionado su fervor religioso. Incluso le comunicó al padre Girbal que deseaba que su pueblo tuviera un sacerdote. En noviembre del año siguiente, el padre Girbal volvió a Sarayacu, donde su comitiva —de acuerdo con su relato— fue recibida con algarabía por los indígenas a los gritos de “¡Amigo!”. Algunos no esperaron a que la canoa del misionero llegara a tierra, se metieron al río y subieron a su embarcación, que por el impacto de la masiva incursión casi se volcó. Al frente de la comunidad se mantenía Ana Rosa, que ordenó a su gente aquietar su entusiasmo para no abrumar a los religiosos, seguramente cansados por el viaje. Los habitantes de Sarayacu, cumpliendo una promesa hecha al padre Girbal el año anterior, habían levantado un convento al que condujeron a los franciscanos, a quienes alimentaron con chicha, yucas, plátanos, maíz y maní. Ana Rosa, la niña indígena a la que los franciscanos transformaron en evangelizadora, murió a avanzada edad y fue enterrada en la iglesia de Sarayacu. 35 Foto: Javier Ninanya C.
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