300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

Llegados a este punto, el padre Goico aclara que los niños viajaban a Perú con autorización de sus papás y que podían retornar a España si no deseaban seguir. “No soy un extraterrestre”, dice para señalar que no era insólito que alguien de tan corta edad se separara de sus progenitores para irse tan lejos (y quizá para siempre). “Nos solían decir que veníamos desde niños para que amáramos al Perú”, agrega. Antonio Goicoechea estudió secundaria en el Colegio Seráfico del Callao. Allí aprendió la historia de Perú y creció absorbiendo las manifestaciones culturales de su patria adoptiva. Comida, baile, música, todo sumó en su construcción como peruano, algo que habría sido más difícil de alcanzar con un adulto, menos permeable que un niño o adolescente. Cuando concluyó la secundaria, hizo el noviciado en el convento de los Descalzos, en Lima. Luego se mudó a Ocopa para estudiar Filosofía y Teología. Si había venido a Perú para ser misionero en la selva, tras acabar su carrera sacerdotal averiguó que sus superiores tenían otros planes para él. Sus atributos para la actividad intelectual llamaron la atención y fue enviado a Roma para estudiar la Biblia en latín. Complementó su formación en Jerusalén, donde hizo su doctorado en hebreo, y regresó a Ocopa para volcar los conocimientos adquiridos en el extranjero en sus alumnos. En la década de 1970 la docencia lo llevó a Estados Unidos por un trienio. En Perú también ha enseñado en el colegio Nuestra Señora del Carmen, en Jauja, y la Universidad Nacional del Centro del Perú, en Huancayo, entre otras instituciones educativas. Foto: Javier Ninanya C.

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