vínculos afectivos. Él mismo reconoce que su intención no era solo catequizar de forma indirecta y no intrusiva, si no también asegurarse la hospitalidad (“nos tuviesen por amigos y nos diesen de comer”). La enseñanza musical se volvía así un dispositivo doble: pedagógico y pragmático. De este modo, los diarios revelan que la misión evangelizadora de Sala se sostenía también sobre una compleja red de negociaciones culturales, lingüísticas y simbólicas. Frente a la resistencia campa, Sala recurrió a estrategias culturales como la música para facilitar su acercamiento a las comunidades. Compuso cantos en lengua campa sobre melodías europeas. Esta táctica no disimulaba el objetivo central de su proyecto misional. Las letras de los cantos promovían explícitamente el bautismo y la sumisión al Dios cristiano. A través de estas composiciones, Sala introducía referencias directas a sus creencias, desplazando simbólicamente las cosmologías indígenas. Por ejemplo, ubicaba al Dios cristiano “más arriba” que el sol, la luna y las estrellas, estableciendo así una jerarquía que colocaba lo cristiano por encima del orden espiritual campa. “Advierto que, aunque la música que tocábamos tenía un aire europeo, especialmente español, gustaba mucho a los salvajes, tanto a hombres como a mujeres y niños, hasta el punto de que, en ocasiones, los padres me traían a sus hijos y me rogaban que les soplase a las orejas, con la esperanza de que así pudieran aprender a hablar y cantar como nosotros; yo, en tono de broma, les respondía que también me soplasen a mí, para poder hablar el campa como ellos lo hacían, y de ese modo proseguía la música y el buen humor entre todos”. “Considerando el carácter feroz de los campas del Gran Pajonal, y sabiendo que no hay corazón, por fiero que sea, que no se rinda al poder de la música, juzgué conveniente componer algunos cánticos en el idioma de dichos indios y enseñárselos a los muchachos que me acompañaban, con el fin de que, cantándolos en la casa en que nos hospedásemos, se nos considerara amigos y se nos ofreciera alimento. Además, me propuse aprovechar este medio para predicarles o darles alguna idea de los principales misterios de nuestra santa Religión, sin que se sintieran ofendidos ni se cansaran, como en efecto sucedió. Así, en todas las casas a las que llegábamos, después de haber comido o descansado, nos decían: ‘Paire, pimanzate, Ariovi, Ariovi!!!’, que quiere decir: ‘Padre, cántenos aquella canción que concluye diciendo: Ariovi, Ariovi!!!’. Entonces yo respondía: ‘Está bien, pero me tenéis que dar yuca para comer y también chicha’. ‘Ariotaqui; canniri pimbenaro; ¿timatsi piarintsi? pamaqui apata vi’. Ellos asentían con gusto, y entonces, encendiendo una vela y acompañado del Reverendo Padre Juan Aguirre, les cantaba los siguientes versos”. 140
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