Huérfano de apoyo y aislado, privado de la comunicación en idioma español porque no tenía con quien intercambiarlo, se las arregló él solo para sostener las misiones. Manuel Plaza fue agricultor, bracero, comerciante. Producía azúcar, melado (bebida de caña) y panela, plantaba caña, destilaba aguardiente y se agenciaba de cacao y zarzaparrilla que después trocaba en la frontera con Brasil por hachas, cuchillos y machetes, herramientas necesarias para el mantenimiento en la selva. El sacerdote no fue un mero superviviente, pues además de trabajar para el sustento material de las misiones, continuó predicando para que el cristianismo no se extinguiera entre los conversos. Sin embargo, su voluntad hercúlea, aunque nutrida por su fe, era humana y como tal tenía límites. El padre Plaza no pudo evitar que los indígenas, ante la escasez de herramientas para cultivar la tierra así como de religiosos, abandonaran las misiones (salvo la de Sarayacu) para retornar a sus antiguos hábitats y vivir de la caza y la pesca. Para hacer más patente su orfandad, los gobiernos de la recién creada república peruana no atendieron sus cuatro solicitudes de ayuda. En medio del desamparo, lo atacó una fiebre que lo sumió durante quince días en la inconsciencia. Cuando despertó lo aguardaba una estampa que robusteció su ánimo: un grupo de indígenas estaban de rodillas y acompañados por una imagen de la Virgen María, a la que suplicaban por la recuperación del sacerdote. Con la salud restaurada, el padre Plaza, ecuatoriano de nacimiento, inició un viaje que lo llevó hasta Quito, en recorridos por tierra y ríos como Napo, para buscar apoyo. En la ciudad de su país de origen recolectó 1.500 pesos, con los cuales pegó la vuelta. Alrededor de ocho meses después de salir, el padre Plaza retornó a Sarayacu y gracias a los fondos conseguidos logró poner en pie tres misiones. Manuel Plaza estuvo solo hasta 1840 (casi coincidiendo con el periodo (1824-1838) durante el cual el convento de Santa Rosa de Ocopa permaneció cerrado). Sin él, sin su tenaz batalla de alrededor de 20 años por la defensa de los territorios ganados por los franciscanos para el Perú, probablemente Brasil se habría merendado un trozo del país. Refiriéndose a su gesta, el historiador José de la Riva-Agüero escribió: “Su solitario heroísmo conservó para el Perú y la catolicidad la magnífica cuenca del río Ucayali”. El investigador italiano Antonio Raimondi también ensalzó su figura, atribuyéndole no solo “la conservación de los pueblos del Ucayali, si no también el descubrimiento de regiones desconocidas, la fundación de nuevos pueblos, la apertura de caminos y la exploración del río Tambo”. El padre Plaza fue designado obispo de Cuenca, en Ecuador, en 1848. En la cima de su carrera eclesiástica, lejos de las carencias que acarreaba su labor evangelizadora en tierras distantes, no olvidaba sus misiones, a las que dedicó alrededor de medio siglo de su vida y que visitó por última vez a los 80 años, uno antes de morir en 1853. Las guerras de independencia americanas fueron un parteaguas en la historia del convento de Santa Rosa de Ocopa y el padre Manuel Plaza fue un puente entre ambas épocas, siempre protagonista. 38
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