Hasta Oceanía El padre José Amich fue historiador, pero también protagonista de algunos de sus relatos. El primer episodio en el que figura data de 1765 y lo encuentra como parte de un grupo de misioneros y soldados —entre otras personas— que navegaron por los ríos Pozuzo y Pachitea en tres canoas y una balsa. Fue un recorrido infructuoso: en ninguna de sus paradas hallaron a indígenas. 1766 y 1767 fueron años trágicos para los franciscanos: instigados por el líder setebo Runcato, se rebelaron contra ellos los setebos (en Manoa), shipibos (en Pisqui, Archani y Aguaitía) y cunibos (en San Miguel), causando la muerte de diez padres y siete hermanos. El padre Amich, nombrado visitador general de todas las conversiones, no regateó calificativos para deplorar las vidas perdidas. “Horrendo monstruo es la ingratitud”, escribió en alusión a los setebos, con quienes los misioneros habían trabajado durante seis años. El religioso español, hijo de su tiempo como todos, no concebía que los insurrectos renegaran del cristianismo que supuestamente habían abrazado, e interpretaba su recuperada libertad como traición. Las narraciones del padre Amich concluyen en 1771, pero su corpus no se agota allí. También elaboró la obra Descripción geográfica del gran río Amazonas o del Marañón con todos los principales ríos que los componen, fruto de sus frecuentes incursiones en la gigantesca área y su trabajo científico. Su contribución cartográfica fue un insumo valioso para los mapas que después publicaron los padres Manuel Sobreviela y Narciso Girbal. Su labor traspasó las fronteras de América cuando en 1772 participó en una expedición a Tahití por encargo del virrey Amat, en obediencia a una orden real que buscaba impedir que la isla fuera colonia inglesa. El padre Amich fue elegido gracias a su destreza y su precisión en las mediciones, bien conocidas por Amat, a quien llegaron referencias de aquél como “matemático perfecto encargado de observar alturas, demarcar derroteros y levantar mapas”. También abonaba a su favor su experiencia como navegante en la Amazonía. Su precaria salud lo empujó al convento de los Descalzos en Lima, donde, sin embargo, no se jubiló, pues ejerció como maestro de novicios. Se ignoran las circunstancias de su muerte, pero le sobrevive su precursora obra. 24
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