300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

De Lima a Ocopa Francisco de San José llegó a Perú con un voluminoso bagaje como conversor. Nombrado vicecomisario de misiones, se hizo conocido en Lima pateando sus calles para acercar a sus habitantes a Dios. Extendió su labor a Ayacucho y Cusco, y en 1709 pisó Tarma con el encargo de resucitar las misiones de Chanchamayo, destruidas por rebeliones indígenas. Francisco de San José consiguió restaurar Quimiri y Cerro de la Sal. En un informe fechado en 1716, relató las dificultades por las que atravesaba su labor misionera: “Si nosotros los misioneros insistiéramos en explorar sus regiones predicando el Evangelio y que no adopten al sol (a quien santifican ciegos) tienen dispuesto darnos cruel muerte, como lo han hecho con nuestros antepasados”. “Nos hacen repetidas amenazas de quitarnos la vida”, añadió. “Y el día 6 de octubre que pasó, los bárbaros que conducían una flota, entre otras de sal, nos conminaron orgullosos diciendo: o que volviésemos a la cristiandad, o esperásemos este verano la muerte, la cual no habían ejecutado por varios respetos”. Los “bárbaros” eran los indígenas que los misioneros —para quienes no había más deidad que la suya y cualquier creencia alejada de ella era una condena segura al castigo eterno— forzaban a militar en su fe para conducirlos a la luz salvadora. En sus recorridos por el actual departamento de Junín, Francisco de San José descubrió Ocopa, un bucólico paraje donde había una capilla y dos celdas, y sintió que había hallado el sitio idóneo para materializar su anhelo de abrir 20 Foto: archivo de Martín Arauzo

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