300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

un convento de misioneros, un centro de formación e irradiación de la fe que hombres como él llevarían a los vastos territorios vírgenes de la selva. Tomada la decisión, comenzó a actuar y obtuvo la entrega de Ocopa por parte de la provincia franciscana de los Doce Apóstoles a cuya jurisdicción pertenecía. Concluidos los procedimientos de rigor, el 19 de abril de 1725 nació el convento de Santa Rosa de Ocopa y su fundador, sin dilación, se puso manos a la obra para ampliar su magra infraestructura, con la mira puesta en convertirlo en un colegio de misioneros de Propaganda Fide (de propagación de la fe). La memoria de los primeros años del convento ha sobrevivido gracias al testimonio de primera mano de Francisco de San José, plasmado en informes y cartas que dirigió a autoridades políticas y religiosas en España y Perú, textos en los que documentaba la marcha de Ocopa y la situación de las empresas evangelizadoras, y solicitaba recursos materiales para contribuir a su manutención. El misionero español era un hombre de oración, ocupado en disquisiciones etéreas, pero también alguien con los pies bien firmes en la tierra, que gobernaba tanto los asuntos de Dios como los prosaicos referidos a la subsistencia del convento y las misiones. Para convertir almas, además de fe, se necesitaban alimentos, herramientas y caminos transitables. En las misiones estableció bases o puestos donde se cultivaban plátanos y se hacían panes, entre otros productos, y se fabricaban hachas, machetes o cuchillos. Francisco de San José llevaba un censo de las conversiones y acometía la construcción de puentes para abrir el paso a los evangelizadores. ¿Cómo era el convento visto por su propio fundador? En una carta de 1732 lo describió con minuciosidad, enumerando sus espacios: celdas para veinte frailes, refectorio, enfermería, noviciado, sala capitular, librería, sastrería, etc., así como un “conventito” con cocina, horno, gallinero, oratorio y vivienda para seglares. También mencionó una hospedería para visitantes, varias huertas con legumbres y flores, un galpón, una herrería y una carpintería, entre otros ambientes que retratan un convento no solo apto para la vida religiosa, si no también para una existencia autosostenible. En 1734, un octogenario Francisco de San José —debido a su avanzada edad— dimitió de sus cargos de comisario y viceprefecto de las misiones. Dos años después murió en el convento. El padre José de San Antonio, su confesor y la persona que lo acompañó en sus últimos suspiros, dijo de él: “Fue el hombre más docto, más santo, más humilde, más pobre, más casto, más celoso de la mayor gloria de Dios y bien de las almas, y de más fe, esperanza, caridad, amor y temor santo de Dios de cuantos he conocido en la religión en más de cuarenta años que tengo el hábito”. Sus restos descansan en la capilla de la Misericordia en Ocopa. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 21

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