Teólogo de profesión, el padre Ñiquen subraya que “lo religioso también es parte integrante de la vida de la persona”. El sacerdote reivindica, asimismo, los votos franciscanos de pobreza, obediencia y castidad, así como la minoridad, que define como “ser menor, ser humilde”. “Siempre Francisco transmitió a lo largo de su vida el tema de la minoridad, de ser pobre, de ser humilde, en toda nuestra vida”, abunda. Otro concepto que valora es la fraternidad, que significa “trabajar juntos, ayudarnos, valorarnos unos a otros, corregirnos”. Una vida de entrega El padre Antonio Vásquez es asháninka y natural de Satipo. El trabajo de los frailes franciscanos en la misión de Puerto Ocopa, en particular “su vida entregada hacia la gente”, causó una notable impresión en él y de su interacción con ellos germinó su vocación. El también docente —ha trabajado en San Ramón, Satipo, Arequipa, Trujillo y Huancayo, entre otros lugares, y desde 2020 vive en Ocopa— destaca como contribución franciscana la universidad Nopoki, en Ucayali, una iniciativa del obispo Gerardo Zerdín que ofrece educación intercultural a jóvenes asháninkas, asheninkas, nomatsigengas, shipibos, yaneshas, etc. El padre Vásquez, quien irradia una serenidad que envuelve como una melodía cadenciosa, defiende “continuar con ese fervor franciscano que a veces no es fácil. Pero es fácil cuando uno tiene la presencia de Dios en su vida y el ánimo para el seguimiento a San Francisco. A San Francisco muchos lo admiran, pero muy pocos lo siguen. Teniendo como base a Cristo, todo es posible”. La guardiana Si el convento de Santa Rosa de Ocopa tuviera una guardiana, esta sería María Eugenia Maraví. Oficialmente es guía, pero su esfuerzo y dedicación superan con creces las tareas que en teoría le corresponden. A veces parece tener el don de la ubicuidad: está en todas partes para atender a quien lo necesite. Especializada en marketing turístico, María Eugenia trabaja en el convento desde el 2003. Su maestro, la persona que la formó como experta en Ocopa, fue el padre Antonio Goicoechea. Gracias a los conocimientos que le transmitió, ella conduce a los visitantes por los claustros y reseña su historia; describe los cuadros en exhibición; los sumerge en la biblioteca que alberga incunables; enseña a los turistas la capilla de la Misericordia, donde están los restos del padre fundador; les muestra el museo de arte religioso, que contiene ornamentos litúrgicos y los atuendos de cardenal y obispo de Juan Landázuri (“una de las glorias de Ocopa”, según el padre Goicoechea, de quien fue profesor en el convento); la mapoteca, que conserva los mapas de la selva que elaboraron los frailes, y el museo amazónico, donde se conservan animales disecados, también forman parte de su recorrido. María Eugenia, cuyo papá Arturo fue el creador del primer escudo del distrito, también ilustra al público sobre los mártires franciscanos y “El cántico de las criaturas”, una pieza musical que compuso San Francisco de Asís y en la que se refiere a todos los elementos como hermanos (hermano sol, hermana luna, etc.). “Es muy bonito, como un huaynito”, dice. 45 minutos después, el tour finaliza en el espacio más antiguo del convento, donde se toca una campana y el visitante pide un deseo. Allí concluye el trabajo de María Eugenia, que 194
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