300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

Cuando el padre español Francisco de San José arribó a Perú en 1708 ya era un hombre grande: tenía 54 años, una edad provecta en una época en la cual la esperanza de vida al nacer no alcanzaba los 30. Pese a su “ancianidad”, no llegó al Perú un hombre languideciente, en las postrimerías de su vida útil, si no alguien en las antípodas: una persona llena de brío evangelizador, premunida de un celo conversor que había desplegado con eficacia en sus experiencias previas en América. Esquivando a la muerte Melchor Francisco Jiménez nació en 1654 en el pueblo de Mondéjar y sirvió durante seis años en los Tercios de Flandes (ejército de la rama española de la dinastía de los Habsburgo) en los Países Bajos españoles. Cuando retornó a su país, su vida tomó otro rumbo: se hizo franciscano. Adoptó el nombre de Francisco de San José y fue ordenado sacerdote. Su destino, sin embargo, no estaría en su país, si no en el nuevo continente, y hacia allá se dirigió para salvar del averno a los “infieles”. Su primer lugar de residencia en América fue México, donde se integró al colegio de misioneros de Santa Cruz de Querétaro. Durante dos años entregó su vida a las conversiones. También evangelizó en Costa Rica y Guatemala, donde fundó un colegio de misiones. Francisco de San José se aventuró en lugares hostiles a la prédica cristiana y fue blanco de ataques con flechas por parte de los indígenas changüenes. Que la muerte lo rozara y que, además, sufriera fiebres y las llagas invadieran sus piernas, no impidieron que persistiera en su propósito y lograra la conversión de los nativos. También estuvo cerca de morir cuando los tojas lo embistieron a lanzazos. Sin embargo, ningún ataque o enfermedad pudo con él e incluso expandió su misión cristianizadora a Panamá y Colombia. 19

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