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HUGO COYA estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima y es master en Periodismo por el Instituto Internacional de Ciências Sociais de Brasil. Se inició como redactor en la revista Oiga. Formó parte del equipo fundador de CNN en Español, en Estados Unidos. Fue corresponsal en Perú y Brasil de la agencia de noticias UPI, donde llegó a ser editor del Servicio Latinoamericano en Miami. Ha sido director general de prensa de Red Global, Canal A y de los diarios La Industria de Trujillo y El Peruano. Fue presidente de la Asociación de Corresponsales Extranjeros en Brasil. Ha sido productor general de Prensa de América Televisión y presidente del Directorio de Editora Perú. Es autor de los libros Estación final (2010) y Polvo en el viento (2011) y sus artículos han aparecido en publicaciones internacionales. Es profesor de Periodismo en la Pontificia Universidad Católica del Perú (2004) y en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (2003). 3
HUGO COYA EL PERIODISTA Y LA TELEVISIÓN Los desafíos de la prensa en la era de la alta definición 4
El periodista y la televisión Los desafíos de la prensa en la era de la alta definición Hugo Coya © Hugo Coya, 2014 De esta edición: © Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) 626-2913 feditor@pucp.edu.pe www.fondoeditorial.pucp.edu.pe Fotos de carátula: Hugo Coya Fotos de interiores: César Delgado Wixan (figuras 1-9), Marco del Río (figuras 10-27) Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. ISBN: 978-612-317-095-0 5
Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir solo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente. Gabriel García Márquez (Discurso ofrecido durante la inauguración de la Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa. Los Ángeles, 1996). 6
AGRADECIMIENTOS A Lorena Álvarez, Militza Angulo, Patricia Arévalo, Daniel Chang, Ricardo Chuquimia, Rosana Cueva, Juan Gargurevich, Lenin Lobatón, John Lossio, Franco Meza, Julio Panduro, Pepi Patrón, Sebastián Paz, Margarita Ramírez, Marta Rodríguez, Abelardo Sánchez León y Fernando Vivas. 7
PRÓLOGO En varias naciones, algunas comparten nuestro idioma, se han producido compendios didácticos y reflexivos —el término manual puede sonar reductor pero también es válido para la obra que tiene entre manos— sobre el periodismo televisivo. Pero nos hacía falta un libro que, sin dejar de ofrecer su vocación práctica a lectores-televidentes de otras latitudes, se haya pensado desde y para la pantalla peruana, dirigida a sus excitados reporteros y a sus atribulados televidentes, un libro que ilustrara la teoría con ejemplos y contraejemplos acontecidos en casa, que incluyera los propios acentos, faltas, lugares comunes, tradiciones, vicios, virtudes, antecedentes locales, y retos globales de la producción y difusión de noticias en la televisión. Lecciones de periodismo televisivo (2004), de Julio Estremadoyro, y El servicio de noticias en el Perú (2009), del veterano productor Renato Canales, empezaron a acometer esa misión y, ahora, Hugo Coya la actualiza y la lleva más hondo y más lejos. A Hugo le ha tocado «refrescar» la teoría de su profesión justo cuando muchos agoreros profetizan su muerte, enredada y estrangulada por las redes de prosumidores de noticias que se lanzan a registrar la realidad o que simplemente se topan con ella, sin las premisas y alcances profesionales del periodista televisivo. Pues ya pasaron algunas temporadas de ese susto y se ha confirmado que la organización del noticiero típico de la televisión comercial, con sus noticias tradicionalmente estructuradas, continúa siendo la primerísima fuente de información para la opinión pública y —esta es la novedad— esta ha incorporado mecanismos para recibir las alertas de las redes y dialogar con ellas. El periodismo televisivo no compite con la inmediatez del Twitter y del Facebook, se la apropia. Hay, pues, más noticias y estas fluyen a más velocidad que antes, pero las prácticas que describe, analiza y recomienda Hugo (que son las de su 8
paso por CNN, Rede Globo y América TV, entre otros canales) son en esencia las mismas; como si ante la sobreabundancia de la información y la exacerbación del «infoentretenimiento» necesitáramos, para no colapsar, aferrarnos a la solidez de las reglas y los principios. Para escribir un libro, compendio didáctico reflexivo o manual como este, hace falta zapear noticieros y refunfuñar como cualquier televidente ante las noticias, tanto ante las imágenes como ante los textos. No creo equivocarme si digo que son las faltas de estos últimos, muletillas y frases hechas de las que abusan reporteros fatigados, las que han provocado el esfuerzo de Hugo, más que su afán de reflexionar sobre los grandes retos del oficio ante la evolución tecnológica y la expansión de las redes. Son esos instantes de quiebre entre el interés por seguir viendo lo extraordinario de la noticia visualmente narrada (interés mayor en el profesional que conoce los secretos del medio) y la pica mayúscula al oír una simplonada los que motivan reflexiones integrales sobre el oficio. Por ejemplo, hay una frase que abomino particularmente y que, abusada en muchos textos, me ha «matado» el interés por muchas noticias; una muletilla que ha convertido muchas veces lo extraordinario en deleznable y ordinario: «X nunca imaginó que la situación Z le iba a suceder…». Cuando un reportero o redactor de noticias coloca esa oración en la introducción de su historia lo único que revela es que no es su personaje sino él quien carece de imaginación y, peor que eso, que carece de rigor y de capacidad de observación, pues, para remate, es casi seguro que la afirmación sea falsa. El ciudadano reportado en la emergencia o la tragedia es uno de tantas criaturas abrumadas por las nuevas fuentes de inseguridad que provocan que constantemente lo asalten sueños y pesadillas, fugaces relámpagos o flashforwards de todo lo bueno y lo malo que le podría pasar. Quien no entiende o no es sensible a esta riqueza de la cotidianeidad y de la conciencia ciudadana se aleja de los principios de este libro. Es en los capítulos más puntuales y prácticos sobre la redacción de textos y sobre el lenguaje audiovisual, más propios del manual que del compendio o ensayo propiamente dicho, en los que el libro adquiere mayor valor, pues están animados por la experiencia profesional del autor y también por su condición de televidente adicto a las noticias y a su zapeo comparativo y complementario. Como sucede en libros como este, el consejo para el profesional vale para el lector ajeno al medio como una observación analítica, como un comentario lanzado al aire para ser compartido por el periodista elemental dentro de cada lector-televidente. 9
La «espectacularización» de la noticia o infotainment irrita y desconcierta al autor como a muchos teóricos y televidentes. Los prejuicios culteranos y académicos ante el medio, a los que no escapan ni los profesionales de la televisión, se ponen a prueba en el capítulo dedicado a ese menudo tema. A Hugo le preocupa que el noticiero peruano haya disminuido su cuota de notas políticas y humanas a favor de las ligeras y faranduleras. Allí se abre un urgente debate que escapa a este libro, pero en él hay una buena base para empezar a lanzar los argumentos. Hay que subrayar que este es también un libro de ética periodística aunque no esté consagrado a ella ni se invoque el concepto en cada capítulo. Hablar de ética es hablar de rigor y de control de calidad cuando queremos ser pragmáticos sin que el pragmatismo venga acompañado del cinismo, la vocación de buitres o la simple falta de escrúpulos que se suelen asociar críticamente al periodismo. El apego a la ética se da por tácito y descontado cuando hablamos de profesionales serios en cualquier arte u oficio, pero hay que subrayarlo en el periodismo televisivo porque la ética se ha vuelto en nuestros tiempos muy vulnerable a los retos y tentaciones que suponen la «espectacularización» de la noticia, las nuevas tecnologías que vuelven asequible a cualquier ciudadano registrar y compartir imágenes, y la feroz competencia de los canales cuando no se sabe hasta dónde las «culturas de la colaboración y del conocimiento» que se expanden por las redes minarán la fuente de ingresos de la televisión basada en una cultura de mercado. El periodismo televisivo está en tiempos de trance y transición, está siendo repensado por la industria de los formatos para fusionarlo con nuevas formas de otros géneros, y es constantemente reconsiderado por los televidentes, los anunciantes y las flamantes instancias ciudadanas que presionan por regularlo. Estos son factores universales y en el Perú añadiríamos una alta cuota de desconfianza en las instituciones a la que no escapa el periodismo televisivo, sobre todo luego de la crisis de insolvencia económica y moral que atravesó la televisión al develarse que fue corrompida por Vladimiro Montesinos. Ante tantos retos, presiones y encrucijadas, es hora de que los profesionales de la comunicación y los televidentes exigentes saquemos los manuales para no perdernos. Aquí hay uno que recomiendo. Fernando Vivas 10
INTRODUCCIÓN Este libro presenta aspectos importantísimos sobre la forma de trabajo en los canales de televisión peruanos e internacionales, y muestra la rutina y los desafíos que enfrenta el profesional que decide laborar en este medio de comunicación. Se trata de una guía para reporteros, camarógrafos, redactores, editores, productores, directores y presentadores de programas periodísticos, quienes emprenden diariamente la tarea de rescatar la historia para fragmentarla en noticias que luego serán transmitidas por televisión. Es evidente que la producción televisiva peruana aún no alcanza los niveles de países más desarrollados y que existen numerosas deficiencias. Por este motivo, es necesario recordar a los periodistas que el televidente tiene siempre la posibilidad de protestar a cada minuto utilizando su control remoto. Nuevos profesionales salen año tras año de las facultades de Ciencias de la Comunicación y Periodismo de todo el país y son ellos quienes pueden hacer la diferencia al proponer soluciones creativas, formatos innovadores y cambios en las estructuras televisivas, las cuales se encuentran en proceso de transición permanente debido a la modificación constante de sus rutinas y a la evolución tecnológica. Al incursionar en la televisión, el periodista debe responsabilizarse por el poder que tiene y no dejarse llevar por el supuesto encanto de convertirse en una persona reconocida. Por tanto, es fundamental que la ética sea siempre su límite y que se concentre en la difusión de la buena información teniendo como premisas el interés público y el respeto al televidente. Por tal motivo se debe impulsar entre todos aquellos profesionales el espíritu crítico y la identificación con la noticia veraz, imparcial y cimentada en la realidad, ya que un periodista puede convertirse 11
fácilmente en un agente de desinformación, como lamentablemente ocurrió en nuestra historia reciente. Un aspecto esencial en esta profesión es el compromiso con la equidad y la exactitud. De este modo, es preciso que el periodista nunca confíe exclusivamente en una fuente, puesto que puede ser engañado o manipulado. Tampoco debe tomar partido por uno de los bandos en conflicto, olvidando que el público se percatará de ello, ya que puede perder, en cuestión de minutos, aquello que le costó conquistar en tantos años: su prestigio. Tampoco debe usar la falta de tiempo o el desconocimiento como excusa o coartada para la difusión de noticias de mala calidad o que carecen del debido contexto que permite a los televidentes entender claramente el hecho que pretende comunicar. En consecuencia, para informar con calidad se requiere, en principio, usar la inteligencia y comprender el mundo que nos rodea. Si un reportero no es curioso y se resigna con la declaración de un solo funcionario o no se esfuerza por entender el lenguaje televisivo, lo mejor es que cambie de profesión, puesto que está condenado al fracaso o a convertirse en un periodista mediocre. Existen muchos reporteros televisivos que se esmeran por estar al tanto de los últimos avances tecnológicos, de usar las frases de moda y descuidan algo que es esencial: entender la noticia sobre la cual están informando. Con frecuencia los periodistas televisivos sazonan sus reportajes con palabras que pueden provocar encendidos aplausos entre los literatos, pero que carecen de sentido para gran parte del público. Por ende, es necesario tener presente que no se puede informar eficazmente si los periodistas no hacemos el esfuerzo para que el público entienda lo que estamos diciendo. Debemos pensar primero en los televidentes y recordar que se pueden decir cosas muy profundas con palabras simples. Al respecto, el periodista brasileño Maurício Loureiro Gama, en una entrevista concedida al programa por los 50 años de la cadena televisiva Rede Globo, en 2000, contó una bella anécdota que demuestra la importancia decisiva que tiene el público en esta profesión: Al día siguiente de aparecer por primera vez [en TV], me encontré en la calle con una mujer simpática, de unos 50 años, de cabellos canos, que me dijo: —¿Usted trabajó en el programa de televisión anoche? —Sí, así es… 12
—Quería decirle una cosa. Usted no es tan antipático. Personalmente hasta parece simpático, pero solo que [anoche] fue muy arrogante. —¿Yo? ¿Arrogante? Soy un provinciano de Tatuí, un hombre humilde. ¿Por qué fui arrogante? —Porque usted nunca habló conmigo. Nunca se dirigió a mí. Yo estaba tejiendo crochet en mi sala y usted podía haberme consultado sobre las ideas que estaba exponiendo, pero siguió hablando, hablando, olvidando que yo estaba mirándolo al otro lado del televisor (citado por Paternostro, 2006, pp. 36-37; la traducción es mía). Sin duda, toda persona que aparece en televisión se debe al público y, fundamentalmente, el periodista. Así como este medio de comunicación coloca a numerosas personas en la cima de la popularidad, también puede hacer que caigan en el más profundo agujero del oprobio o el rechazo público, por olvidarse del televidente, por distorsionar, manipular o informar de manera inadecuada, o simplemente por creerse dueños de la verdad. El único legado que quiere dejar, por tanto, esta publicación es que solo la honestidad y la calidad son las mejores y únicas formas para triunfar, en el largo plazo, en cualquier rama del periodismo, pero, sobre todo, en la televisión. Ese es el verdadero secreto del éxito. 13
CAPÍTULO 1. EL PERIODISMO EN EL MEDIO TELEVISIVO Creo que el buen periodismo (y) la buena televisión pueden hacer de nuestro mundo un lugar mejor. Christiane Amanpour, periodista estadounidense El Perú es uno de los países de América Latina que tiene una de las mayores tasas de consumo de horas de televisión por habitante al día, y la principal razón esgrimida para ello es su carácter informativo, como indican numerosos estudios1. Basta con apretar un botón para que la televisión nos muestre lo que está ocurriendo en el país y en el mundo, con lo cual se convierte en un elemento clave al momento de difundir valores; de tomar decisiones en los ámbitos social, político y económico; de intentar la integración en un territorio con tan compleja geografía, historia y cultura milenaria. De esta manera, la televisión influye decisivamente en la forma en cómo pensamos y actuamos los peruanos. Se afirma que internet está desplazando a la televisión, pero esto aún dista de ser una tendencia mayoritaria en el Perú, donde su penetración no supera la tercera parte de todos los hogares nacionales y pasa ligeramente el 40% en las casas de Lima Metropolitana 2 . Lo cierto es que el consumo de televisión —y principalmente de noticias a través de este medio— continúa siendo la cuarta ocupación más estandarizada de los peruanos — al igual que en el resto del planeta— después de comer, dormir y trabajar. Algunos estudiosos consideran que internet no compite necesariamente con la televisión, sino que ambos son vehículos de comunicación que se complementan y hasta retroalimentan dentro de un mundo cada vez más desarrollado y demandante, por ende, de información en forma más rápida y personalizada. 14
Esta situación hace que no se avizore aún el cumplimiento de aquellos vaticinios que aseguran el fin, en un futuro inmediato, de la televisión como fuente principal de información, rebasada por una sociedad en la que los teléfonos inteligentes, tablets y laptops, entre otros instrumentos digitales, ocuparán ese espacio en nuestras vidas. Incluso en países como Estados Unidos, donde la penetración de internet supera el 74% (U. S. Census Bureau, 2012)—, la televisión continúa siendo la principal y más confiable fuente de información para la mayoría de sus habitantes, especialmente en relación con las noticias locales (Miller, Rainie, Purcell, Mitchell & Rosenstiel, 2012). Pero mientras esperamos el fin de los noticieros en el sentido que actualmente los conocemos, debemos responder por qué aún la televisión es la principal fuente de información. Existen numerosos factores que permiten a la televisión mantener esa hegemonía, como señala la catedrática universitaria y gerente de desarrollo de la Rede Globo de Brasil, Vera Íris Paternostro, en su libro O texto na TV. Manual de telejornalismo. Estos aspectos sustanciales para atraer al público del periodismo televisivo son: a) Información visual: la televisión posee un lenguaje que no depende del idioma o del texto. La imagen es el signo más accesible a la comprensión humana, es decir, la muestra y el telespectador la ve. Este entiende, se informa y amplía su conocimiento. b) Inmediatez: la difusión de imágenes en directo permite a las personas mantenerse actualizadas, con lo cual la televisión se convierte en su principal referente noticioso. c) Instantaneidad: la información en la televisión necesita ser divulgada en el momento correcto para ser vista y oída. El mensaje es instantáneo, ya que se capta una sola vez en el momento que se emite. d) Alcance: la televisión es un medio amplio, de gran alcance y no distingue clases sociales o grupos económicos. Abarca a todos. Una información en la televisión puede ser vista y oída de maneras diferentes. e) Involucramiento: la televisión posee la capacidad de cautivar porque traslada al televidente dentro de las historias. Por medio de su estilo de narrar informaciones, los reporteros y conductores son reconocidos por el público. 15
f) Superficialidad: la televisión tiene un timing, un ritmo que torna sus informaciones en superficiales. g) Audiencia: la televisión mide el interés del televidente para orientar su programación y crear condiciones comerciales. Las mediciones de audiencia, cuantitativa y cualitativamente, pueden ser usadas en la búsqueda de un estilo de periodismo de un canal de televisión (2006). Un aspecto adicional es la forma en que los periodistas narran y presentan las noticias bajo una plataforma audiovisual que convierte al televidente en testigo, cómplice e, incluso, protagonista de los hechos. Al ser el contenido evidente —porque el espectador no puede ver nuevamente lo que acaba de pasar frente a sus ojos para aclarar alguna duda a menos que tenga una grabación—, el lenguaje televisivo apela al conocimiento directo e inmediato de la noticia. A diferencia de la prensa escrita en la cual se puede escribir de manera más compleja, la televisión utiliza la imagen y el texto en forma lineal para garantizar el fácil entendimiento de los acontecimientos que están siendo presentados, dejando pocos espacios para los sobreentendidos o las insinuaciones. Se ha demostrado que el estilo que se utiliza en una conversación es el más apropiado para los medios audiovisuales. Las frases que se usan en una conversación son sencillas, familiares y directas, lo que es el ideal para la información televisiva. Se entiende por estilo conversado aquel que utiliza una persona culta cuando habla (Estremadoyro, 2004, pp. 16-17). Esto no quiere decir que el periodismo televisivo desista de su capacidad de escribir bien y correctamente un texto o que busque apenas impactar a través de frases cliché o efectistas. Por el contrario, el desafío de un buen periodista televisivo está en decir cosas profundas con palabras simples que permitan que el televidente se informe adecuadamente y reflexione sobre los hechos mostrados. 1.1. LAS CUALIDADES DEL PERIODISTA TELEVISIVO Para ser un periodista televisivo competente se necesita poseer una serie de habilidades y capacidades diferentes. Se requiere de un gran talento, que incluye la destreza para comunicar en forma audiovisual las noticias, grandes dotes para la investigación y una impecable forma de narrar y presentar sus reportajes. Además, los periodistas de televisión deben poseer algunas características que los profesionales de otro tipo de medios no requieren 16
necesariamente, como buenas voces y, obviamente, no ser tímidos, ya que serán observados por miles o, quizá, millones de personas cuando su reportaje o intervención frente a cámaras sea divulgado. Incluso algunos periodistas que ejercen funciones tan diversas como los corresponsales, productores o editores pueden verse obligados a estar frente a una cámara en un momento u otro de su carrera. Por todas estas razones, el periodista televisivo debe tener la capacidad de transmitir una noticia, analizar sus detalles y organizar un reportaje de manera tal que mantenga la atención de las personas hacia el hecho. Debido a que el público recibe información diversa en la que puede escuchar y ver los comentarios, y las entrevistas a las personas directamente relacionadas con la información, puede formarse con más facilidad una opinión. De este modo, algunas veces, el rostro del periodista se convierte en sinónimo de la propia noticia. Otro aspecto importante es la mayor demanda de tiempo que el profesional requiere para cumplir con sus tareas. Los periodistas televisivos no concluyen su labor cuando terminan de grabar en el lugar de los hechos, sino que participan en la producción, redacción, edición y emisión de sus reportajes. Tienen, también, que aparecer en cámara para responder preguntas y trabajan, muchas veces, con los conductores y productores en la transmisión de los reportajes. La noticia en televisión puede variar muchas veces al día y la necesidad de mostrar la información actualizada es permanente, debido a las demandas del público y a la acerada competencia entre los canales de televisión. Con la convergencia de medios, muchos periodistas de televisión deben redactar para la página web del medio, informar sobre sus experiencias en las redes sociales y responder las preguntas que el público les plantea, con lo que el reportero se transforma en un profesional multimedia. De esta manera, la noticia en televisión no solo tendrá que ser actualizada para cada uno de los noticieros, sino que debe ser adaptada con el fin de que responda al tipo de público que podría estar observándolo y que posee necesidades específicas de información. Los periodistas de televisión, a menudo, trabajan durante largas jornadas, por las noches y fines de semana, para cazar las historias y se aseguran de que sus datos sean correctos consultando fuentes y entrevistando a los protagonistas de sus reportajes. Asimismo, es necesario que viajen frecuentemente, sobre 17
todo si trabajan para un programa de reportajes de una cadena de televisión nacional. Transformarse en un destacado periodista televisivo es uno de los mayores desafíos que puede enfrentar cualquier profesional de la comunicación. El buen periodismo televisivo compila, verifica y analiza informaciones que afectan a millones de personas, y debe divulgarlas en forma rápida, exacta, imparcial y equilibrada para satisfacer las exigencias informativas de la teleaudiencia, la cual se aspira que sea cada vez mayor para garantizar la rentabilidad del medio. Debido a que pugna por la primicia con la radio, la prensa escrita, internet y otros dispositivos inalámbricos, el periodista televisivo trabaja bajo una gran presión para difundir las noticias en una lucha permanente contra el reloj y la competencia. Por ello, el principal desafío de un periodista televisivo es convertir la información, en un lapso muy breve, en una correcta amalgama de imágenes y sonido que despierte la sensación en el televidente de que está recibiendo la dosis de información necesaria para entender un hecho en forma adecuada, con los criterios de imparcialidad, exactitud, rapidez, veracidad, ética y relevancia que rigen toda actividad periodística. Así, el periodista televisivo es responsable de la generación de contenidos a partir de una amplia selección de temas, en un medio donde la especialización es poco frecuente, especialmente en uno como el peruano. Si labora en un noticiero, un reportero de televisión nacional puede, en un mismo día, pasar de cubrir una noticia política a cubrir un accidente de carretera o una conferencia de prensa de una autoridad, en las que incluirá entrevistas, investigación rápida y narración de los hechos. A diferencia de otro tipo de medios, la labor del periodista televisivo depende y está condicionada al trabajo de un equipo constituido por camarógrafos, sonidistas, productores, directores, etcétera. La televisión no se puede realizar en forma individual debido a que está determinada por el factor tecnológico, a pesar de cierta tendencia registrada en los últimos años para contar con periodistas que cumplan múltiples tareas. Esta interacción obliga a contar con una gran capacidad de autogestión, autodisciplina, diplomacia y sensibilidad, en la medida en que depende de un equipo para poder salir airoso en las tareas que emprenda. No existe medio de comunicación más interdependiente que la televisión y quienes se resistan a entenderlo están condenados al fracaso. Los individualismos se pagan con la derrota. 18
Cualquier falla de un miembro del equipo puede hacer que un reportaje, o incluso todo el programa periodístico, no llegue en las condiciones de calidad y oportunidad necesarias para el público. De esta manera, todos los miembros del equipo, desde la persona que coloca el maquillaje en el rostro del conductor o el entrevistado hasta el auxiliar de cámaras que ayuda a que el reportero esté ubicado a la hora exacta en el lugar del enlace microondas o vía fly away, cumplen una labor esencial en el producto periodístico. Por tanto, es necesario contar con excelentes habilidades interpersonales en todos los niveles, ya que se deberá construir una buena relación con el grupo de trabajo, los entrevistados y el público sin perder la objetividad. La actualización constante es una de las grandes demandas del periodista televisivo, así como nociones básicas de la legislación, por ejemplo, protección de fuentes, para evitar denuncias por difamación, calumnia y desacato, violación de derechos de autor, etcétera. Es cierto que no todos los periodistas televisivos han estudiado periodismo y que en algunas universidades del Perú y de otras latitudes se registra un descenso en la cantidad de estudiantes que opta por esta carrera. Sin embargo, quien aspira a desarrollar esta labor en forma exitosa debería poseer una sólida formación profesional y ética que los estudios universitarios y, sobre todo, de periodismo deberían proporcionarle para enfrentar mejor los grandes desafíos que encontrará en su vida laboral. Además de ser la razón de la existencia de los noticieros, programas noticiosos, de espectáculos, internacionales, política o deportes, los buenos periodistas televisivos se erigen como líderes de opinión por su vasta capacidad para influir en la sociedad, al alcanzar a grandes segmentos de la población. Sea cual fuere el rubro elegido del periodismo televisivo, es importante que el profesional tenga siempre presente los conceptos éticos, su eje fundamental, que es el público, y que, finalmente, cualquier desliz lo arrastrará al ostracismo. Tal proceder inspira confianza en el público y hace que ciertos periodistas de televisión sean más confiables para la opinión pública que otros, los cuales pasan a la historia enajenados por su obsecuencia. 1.2. EL TRATAMIENTO DE LA INFORMACIÓN EN TELEVISIÓN El periodismo televisivo, al igual que cualquier otra rama de los medios de comunicación, se basa principalmente en la revelación del presente. Para ello intenta persuadir a través de su discurso informativo, tratando de 19
comunicar y convencer al público acerca de la veracidad de los contenidos de las noticias. No cabe duda de que la esencia del periodismo en televisión es el reportaje, y que este se concentra en el traslado de información y su búsqueda de sentido, como resultado del vínculo entre el reportero, las imágenes, el sonido ambiental, el texto convertido en locución, las declaraciones de los entrevistados, la música, la edición y, finalmente, el público. Sin embargo, a diferencia de otros medios, la noticia está supeditada fundamentalmente a la imagen. Su presencia o ausencia condiciona de manera decisiva su inclusión en la pauta informativa, así como su redacción, edición o incluso los efectos de posproducción, con el objetivo de lograr su entendimiento o causar impacto entre los televidentes. El periodista apela, con su intermediación, para que la persona que está al otro lado de la pantalla comprenda la noticia que se le muestra, usando los recursos audiovisuales que posee, basado en los parámetros socioculturales que tiene tanto él como su receptor. Así, buscará que el televidente decodifique la noticia, fijando su atención en el rápido impacto que generarán las imágenes y el texto que está mostrando. Si bien la irrupción de la televisión digital y de alta definición permite que el público participe más activamente en la generación de los contenidos, el periodista televisivo enfrenta, por la propia naturaleza del medio, a un público que es un mero observador de los hechos y, por tanto, debe destacar aquellos detalles que lograrán captar más fácilmente su atención. De este modo, intentará que se entienda a simple vista lo que se exhibe, trasladando al televidente al escenario de los acontecimientos por medio de los recursos audiovisuales que tiene a su disposición. No obstante, este artificio —que podríamos denominar viaje imaginario al escenario de los hechos— debe usarlo en forma rápida y simplificada, dejando de lado casi siempre muchos aspectos secundarios en desmedro de lo principal. Esto obliga a que, en un breve tiempo, el periodista televisivo se vea obligado a mezclar algunas veces imágenes importantes con otras irrelevantes, es decir, a descartar algunos hechos o incorporar otros considerados accesorios para mantener el ritmo y el interés del telespectador. Si bien, como ya se ha dicho, las imágenes priman en la televisión sobre el discurso escrito, es necesario tomar en cuenta que las palabras ayudan a esclarecer lo que aquellas muestran. Por tanto, dichas imágenes y textos 20
deben ser elegidos con pulcritud y destreza, manteniendo los news values o valores noticiosos que determinan qué es informativamente relevante para el televidente con el fin de garantizar su preferencia, es decir, su sintonía. La reiteración entre imagen y texto o la combinación inadecuada de ambos puede ser la fórmula más segura para irritar o dejar de sorprender al televidente, invitándolo al zapping. La repetición de escenarios, de personas, de formas de expresiones y de temas es una constante en la televisión para lograr la rápida comprensión e identificación del público. «La TV es una fábrica de clichés. Por su redundancia, ha existido un desprecio al significado de las imágenes. Las palabras, en televisión, envejecen rápidamente», apunta el veterano periodista de la Rede Globo de Brasil, Marcelo Canellas 3 . Estos hechos refuerzan las críticas que este importante medio de comunicación suscita, pero, más allá de ese debate, lo cierto es que tanto las imágenes como las palabras construyen cada noticia y el conjunto de ellas forman la pauta de un noticiero u otro programa periodístico. El menú noticioso se determina y estructura sobre la base de las características de la información, la disponibilidad del material audiovisual, el público que lo observará y, por supuesto, la competencia. Sea cual fuere el tipo de reportaje emitido, siempre buscará, en términos generales, que el telespectador incorpore las sensaciones de los protagonistas de las noticias, con el fin de venderle la ilusión de ser partícipe de un hecho relevante, aunque esta impresión sea meramente subjetiva. La forma en que se confeccionan las pautas de los programas periodísticos, especialmente los noticieros, suscita numerosas críticas entre los analistas del fenómeno televisivo, como las esgrimidas por el ensayista francés Christian Bobin, quien cierta vez escribió: «Tú estás ahí, en tu silla o delante de tu plato, y te echan un cadáver seguido del gol de un futbolista, y los abandonan a los tres, la desnudez del muerto, la risa del jugador y tu propia vida» (1994, p. 22; la traducción es mía). Si usamos como referente los acontecimientos reales ocurridos en un ámbito histórico-social, al margen de la imaginación, el principal factor condicionante en la comprensión de la noticia es el proceso de visualización del texto periodístico. La imagen, el texto y la edición son partes que se plasman desde una perspectiva que atiende diversos ámbitos —simbólico, mítico y alegórico, entre otros— que se encuentran al otro lado de la pantalla (Soní Soto, 2011, pp. 327-328). 21
Las ideas y opiniones previas del público tienen un efecto en el horizonte social que se erige a través del acceso a la información. Es precisamente allí, en el acceso a la información, donde el periodista televisivo tiene un rol protagónico para interpretar el contexto (la realidad) e influir sobre la percepción que el televidente tendrá acerca del hecho después de observar el reportaje. Debido al escaso tiempo, el periodista televisivo no puede abusar del discurso argumentado y, en consecuencia, organizado frente a una audiencia particular, con lo que dejaría de lado los valores que le sirven para fundamentar los hechos que revela. Lo que puede hacer es inducir al televidente a que establezca un juicio de valor sobre los hechos presentados. El texto periodístico y su juicio de valor a los que Araceli Soní Soto se refiere (2011, p. 328) se enfatizan sobre la base de un plan que considera quiénes son los enunciantes y el contexto en el que se encuentran, con el objeto de regular juicios colectivos. Esta condición es crucial para analizar su influencia sobre la agenda de los medios y su efecto en la opinión pública por la importancia que la televisión adquiere sobre nuestra percepción de los hechos. ¿Qué es importante y qué es secundario? ¿Quiénes son los protagonistas y quiénes no lo son? ¿Apenas aquellos que aparecen en la televisión? Así, en medio de esta apariencia lógica y verosímil se hallan los vacíos y las ambigüedades que los televidentes tienen que completar con lineamientos estratégicamente pensados, acordes con la organización estructural, las características técnicas y expresivas de los medios de comunicación, y su inevitable circunscripción ideológica. En este sentido, el vacío en la información es sustituido por imágenes o el sonido que se completarán por medio de una suerte de concreción. Asimismo, el periodismo televisivo usa recursos visuales que recrean supuestamente la realidad, simbolizando o representando sus diversos aspectos, sobre la base de los criterios de lo noticioso, los cuales son enriquecidos por el mensaje, la potencia del sentido, la proximidad y la actualidad. El uso o el abuso del silencio, referido tanto a la ausencia de información detrás de la expresión como a la ambigüedad de lo dicho al saber lo que se omite, inclina el sentido en determinada dirección y la interpretación imaginada está condicionada por factores de distinta índole (p. 329). 22
Si bien los silencios, las vacilaciones, los contratiempos y las anfibologías son parte del sustrato de todo reportaje periodístico, estos implican una gran amplitud interpretativa, pues orientan el sentido en distintos enfoques. De hecho, operan de manera diferente de acuerdo con cada tipo de reportaje. Parafraseando a Soní Soto, se puede callar un significado para que se interprete otro; se puede cumplir una función de elocuencia e instalar significaciones aun cuando no se mencionen; se puede constituir el suspenso de algo dicho como estrategia para apelar a que los televidentes busquen la secuencia de un relato o acontecimiento o crear expectativas en el público en espera de un desenlace. El silencio puede ser especialmente efectivo cuando el periodista trata de demostrar, por ejemplo, las contradicciones de un presunto delincuente, un policía o un político. La ausencia de sonido permite al televidente «sentir», sin mencionar la incertidumbre ante una pregunta o una respuesta, en una forma diferente a lo que el telespectador está observando. No cabe duda, sin embargo, de que todo reportaje tiene un propósito o intención particular que supera su función primaria de informar, y este es generar en el televidente algún tipo de reacción, rompiendo así la esencia efímera del hecho mostrado ante sus ojos y su paso vertiginoso por la pantalla. Los reportajes que trascienden a su emisión son aquellos que consiguen ese objetivo, sin dejar de lado los valores noticiosos que cada información posee en el establecimiento de la agenda de cada persona y del resto de la comunidad que la observa. Lo cierto es que los reportajes que consiguen mantenerse en la retina y trascender en el tiempo son aquellos cuyas imágenes causan mayor impacto. Las prácticas rutinarias asociadas al profesionalismo en la televisión ocasionan, asimismo, interpretaciones equivocadas, producidas por factores ajenos a los propósitos de la propia noticia o reportaje. Otro modo en que funciona este punto de vista en el discurso periodístico es el magnificación de lo acontecido o la falta de datos por razones empresariales, políticas, religiosas o ideológicas, es decir, la manipulación como telón de fondo. Al igual que en otros tipos de medios de comunicación, los textos de los reporteros televisivos deben ser analizados bajo perspectivas lingüísticas, estilísticas, retóricas e históricas, y debe considerarse también el proceso 23
de producción, su comprensión y su papel específico dentro de la competencia. Los conceptos de novedad, relevancia y trascendencia son, quizá, los principales parámetros de la televisión que se convierten de esta manera en una forma de opinión, incorporadas en la pauta de los programas periodísticos como noticia por su influencia decisiva acerca de la visión que tendrá sobre el espectador tras la observación del hecho. 1.3. EL ESTILO FRACCIONADO DEL REPORTAJE TELEVISIVO Las noticias se presentan de manera fragmentada y no como una estructura completa en forma de piezas modulares, las cuales se articulan para conseguir la mayor cantidad de televidentes al igual que cualquier otro tipo de programa televisivo. Si bien todo programa periodístico tiene como principal función informar al público, su estructura se establece, con frecuencia, a partir de la forma en que los productores y directores creen que el televidente percibirá la noticia y se mantendrá cautivo o no a ella. Por tal motivo, esta dosificación de la noticia se ubicará en el intersticio que se genera entre lo que se informa y lo que se deja de informar, haciendo que cada televidente, desde su experiencia, su educación, su ideología o su forma de percibir la realidad, asuma o incorpore su contenido o lo deseche: «En la televisión se establece poco a poco la engañosa ilusión de que ver es comprender», señala el periodista español Ignacio Ramonet y agrega que: «[la] sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas produce un doble efecto negativo de sobreinformación y desinformación» (Chomsky & Ramonet, 2002, pp. 42-43). Para el sociólogo Fernando Vivas, el público está acostumbrado a esta presentación discontinua de la noticia y la asume como algo inherente al tipo de medio de comunicación en que se propala. Sin embargo, él cuestiona la forma en que algunos programas periodísticos generan expectativas en la audiencia para retenerlas, ofreciendo un segmento informativo que no coincide ni con la temporalidad ni con el contenido anunciado. De hecho, la pauta periodística es la forma en que se manifiesta la fragmentación de la información. Según el tipo de programa que sea, el público al cual va dirigido o el espacio que lo preceda o lo suceda, los reportajes más importantes pueden ser difundidos al principio, al medio o al fin de la emisión. 24
Otro aspecto destacable es el hecho de que los productores y directores periodísticos son conscientes de que la conclusión de cada bloque noticioso y el inevitable advenimiento de la publicidad son una verdadera invitación para el zapping, por lo que deben hacer uso de una serie de recursos visuales y de texto para evitar que el televidente migre hacia otro canal. La generación de expectativas entre los televidentes en torno al contenido futuro del programa es la forma que utilizan para lograr este fin, a través de la presentación de un segmento con una imagen impactante y un texto provocador, formato conocido en la televisión estadounidense como teaser. Así pues, esta fragmentación de las noticias delinea la agenda periodística, agenda que, de acuerdo con las pretensiones de los canales de televisión, debería ser variada. No obstante, la realidad es completamente diferente. Existe una gran homogeneidad en los contenidos, especialmente en las cadenas de televisión. Una noticia de alcance nacional estará, casi siempre, presente en el menú de todos los canales de televisión y la pugna entre ellos será por presentarla de la manera más rápida, es decir, en calidad de primicia y con las mejores imágenes, en la forma más impactante. Para romper esta homogeneidad de la agenda y hacer que el televidente tenga la ilusión de que disfruta de una información variada, la noticia televisada es presentada en estas pequeñas dosis que, además de reducir esta falta de heterogeneidad, satisfacen las necesidades informativas de una audiencia cada vez más dividida, diversa y fragmentada. Esa forma de presentar las noticias permite crear también un suspenso momentáneo, prolongado o indefinido entre los espectadores para evitar su alejamiento y minimizar considerablemente los costos en la producción de los programas periodísticos televisivos. La televisión es un medio extremadamente caro y esto condiciona mucho su calidad, su alcance y, por ende, su variedad. Si bien el televidente opta racionalmente por observar determinado contenido periodístico, el productor intentará apelar a su subconsciente para mantener su interés por medio de los recursos periodísticos y audiovisuales que posee. Bajo esta premisa, los directores y productores periodísticos jerarquizan, redactan y presentan las noticias, estableciendo la pauta de sus programas como si se tratará de un continuo e invisible letrero luminoso que apela a la curiosidad del televidente, aviva su 25
imaginación o, simplemente, lo distrae, de manera tal que evita que utilice su control remoto para cambiar de canal. Esta estrategia disminuye el poder de los televidentes para seleccionar contenidos, condicionándolos a consumir aquellos que han sido seleccionados por los productores o directores periodísticos de acuerdo con la visión preconcebida que ellos poseen de las preferencias, valores, conocimientos y creencias de la teleaudiencia. Así la fragmentación reduce también la capacidad cognitiva del televidente, impidiéndole que ejerza su facultad, consciente o inconscientemente, natural o artificialmente, de tomar la información que recibe o percibirla y procesarla sobre la base de sus conocimientos adquiridos antes para valorarla de modo adecuado. No cabe duda de que en la producción de todo reportaje se consideran estos aspectos, pero también la interpretación que realizarán los televidentes a partir de esos elementos previamente delineados. Es aquí donde se apela a los televidentes para que los silencios que se encuentran en el interior del reportaje sean llenados por ellos. La noticia de un secuestro podrá despertar un gran interés en los televidentes, quienes desearán conocer el destino del protagonista, el rescate, los culpables, los móviles, etcétera. Esta información llega a los noticieros u otros programas periodísticos de manera dosificada, de acuerdo con las investigaciones policiales y a la información que proporcionen las fuentes. Sin embargo, la secuencia en que los hechos se presentan no corresponderá a la forma en que realmente ocurrieron, sino que se separará en pequeños fragmentos no necesariamente secuenciales para retener a la teleaudiencia. Si bien la tecnología garantiza aparentemente la simultaneidad en la recepción de los hechos noticiosos, lo cierto es que, aun en ese caso, se trata apenas de una ilusión, ya que la transmisión en directo también está condicionada por los límites de los propios equipos, como en el desfase entre audio-video en los despachos vía satélite o microondas. 1.4. LA ARQUITECTURA DE LA NOTICIA El televidente debe comprender sin mayores obstáculos el discurso del periodista televisivo y esto determina su estructura narrativa. Por tanto, este debe concentrarse en esgrimir con claridad la información acopiada, articulando detalles con fluidez, agilidad y mesura, sin que esto signifique evitar el color y el brillo de un discurso ameno. Lo primordial es que el televidente, además de comprender inmediatamente de qué se trata lo 26
difundido, quede cautivado por lo que ve y oye. Para entender mejor esta perspectiva, se partirá del concepto «potencial de ensamblaje» planteado por Wolfgang Iser en su libro El acto de leer. Teoría del efecto estético. Iser se refiere al texto como un sistema y, además, plantea que «si el texto es un sistema de estas combinaciones, entonces debe ofrecer un espacio sistémico a quien deba realizar la combinación» (1987, p. 263). De acuerdo con este autor, por medio de los espacios vacíos queda marcado el potencial de ensamblaje de los segmentos del texto que ha sido dejado en blanco. En este sentido, los espacios vacíos materializan las articulaciones, las condiciones elementales de comunicación en el texto, las cuales permiten la participación del lector en la producción de la intención del texto (p. 127). La estructura narrativa, sea cual fuere el tipo de programa periodístico, debe cumplir con determinadas condiciones o principios que permitan que el televidente reciba suficiente información para entenderla sin necesidad de recurrir a otro medio de comunicación. Al margen del tipo de noticia transmitida en televisión, esta debe tener una determinada estructura para que resulte eficaz, tal como lo anota el español Mariano Cebrián Herreros en su libro Información televisiva. Estos principios son: a) El principio de la audiovisualidad informativa en televisión exige gran calidad material o física en las imágenes, en los sonidos y en la trabazón (enlace) de unas con otros. b) El principio de la comprensibilidad reclama claridad en la organización informativa, en la concepción y cadencia de los planos y de montaje (edición), en la velocidad expositiva de la expresión oral, y en la relación de imágenes y sonidos. c) El principio de la densidad se refiere a la cantidad de información que puede transmitirse por televisión para que el telespectador pueda decodificarla. De todo lo antedicho puede deducirse la gran carga informativa de las imágenes a las que hay que añadir la de la expresión oral. Una densidad de detalles, argumentos, datos y conceptos que, debido a la temporalidad fugaz del medio, crea dificultades a la capacidad decodificadora de los telespectadores. d) Las noticias se comprenden mejor cuando están contextualizadas en su marco adecuado. Es preciso agrupar las noticias por bloque de contenidos similares en lugar de saltar de una a otra. Tales saltos 27
pueden causar, además, asociaciones con hechos que nada tienen que ver con la noticia debido a su proximidad temporal en la narración (2003, pp. 316-317). Otro aspecto que podríamos añadir es el hecho de que, desde sus inicios, la televisión mantuvo —casi en forma incólume— una estructura narrativa determinada. Las imágenes o declaraciones más impactantes comienzan, se repiten y concluyen todo reportaje. Sin embargo, con el advenimiento de la alta definición, ese paradigma está siendo quebrado, obligando a que el tiempo, el espacio y la rutina productiva deban ser reasignados no solo en la forma de mostrar la noticia sino desde su propio proceso productivo de recopilación. Más allá de las metáforas, imágenes y símbolos empleados, el periodista televisivo está obligado siempre a seguir una determinada estructura que no necesariamente es lineal o cronológica. Una imagen impactante puede ser repetida varias veces no solo para lograr su entendimiento sino para mantener la atención del público, si nos basamos apenas en el criterio de su espectacularidad. En el aspecto del lenguaje, el texto debe ser siempre formulado, como ya se ha afirmado, para que sea más cercano al televidente, es decir, como si nos estuviéramos dirigiendo a él, lo cual permite que cualquier persona se sienta directamente aludida y facilite su comprensión, independientemente de su educación o formación sociocultural. La televisión evita el empleo de términos técnicos, así como frases extensas, ampulosas y complejas, pues busca garantizar que la mayor cantidad de televidentes entienda sin contratiempos la información que se desea divulgar. Las oraciones compuestas son incompatibles con el lenguaje televisivo, el cual, además, estará condicionado por la rapidez con que se emitirá la noticia o el horario en que será difundida. 1.5. LA COHERENCIA INFORMATIVA Los textos, las imágenes y los sonidos forman un conjunto interdependiente que permite que el televidente entienda o no la información de manera inmediata. La disociación de uno de estos elementos impide este proceso, conocido como coherencia informativa. De acuerdo con Manuel Casado Velarde, una de las propiedades esenciales de todo reportaje televisivo es esta coherencia: «Por coherencia se entiende la conexión de las partes en un todo. Esta propiedad implica, 28
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