paso por CNN, Rede Globo y América TV, entre otros canales) son en esencia las mismas; como si ante la sobreabundancia de la información y la exacerbación del «infoentretenimiento» necesitáramos, para no colapsar, aferrarnos a la solidez de las reglas y los principios. Para escribir un libro, compendio didáctico reflexivo o manual como este, hace falta zapear noticieros y refunfuñar como cualquier televidente ante las noticias, tanto ante las imágenes como ante los textos. No creo equivocarme si digo que son las faltas de estos últimos, muletillas y frases hechas de las que abusan reporteros fatigados, las que han provocado el esfuerzo de Hugo, más que su afán de reflexionar sobre los grandes retos del oficio ante la evolución tecnológica y la expansión de las redes. Son esos instantes de quiebre entre el interés por seguir viendo lo extraordinario de la noticia visualmente narrada (interés mayor en el profesional que conoce los secretos del medio) y la pica mayúscula al oír una simplonada los que motivan reflexiones integrales sobre el oficio. Por ejemplo, hay una frase que abomino particularmente y que, abusada en muchos textos, me ha «matado» el interés por muchas noticias; una muletilla que ha convertido muchas veces lo extraordinario en deleznable y ordinario: «X nunca imaginó que la situación Z le iba a suceder…». Cuando un reportero o redactor de noticias coloca esa oración en la introducción de su historia lo único que revela es que no es su personaje sino él quien carece de imaginación y, peor que eso, que carece de rigor y de capacidad de observación, pues, para remate, es casi seguro que la afirmación sea falsa. El ciudadano reportado en la emergencia o la tragedia es uno de tantas criaturas abrumadas por las nuevas fuentes de inseguridad que provocan que constantemente lo asalten sueños y pesadillas, fugaces relámpagos o flashforwards de todo lo bueno y lo malo que le podría pasar. Quien no entiende o no es sensible a esta riqueza de la cotidianeidad y de la conciencia ciudadana se aleja de los principios de este libro. Es en los capítulos más puntuales y prácticos sobre la redacción de textos y sobre el lenguaje audiovisual, más propios del manual que del compendio o ensayo propiamente dicho, en los que el libro adquiere mayor valor, pues están animados por la experiencia profesional del autor y también por su condición de televidente adicto a las noticias y a su zapeo comparativo y complementario. Como sucede en libros como este, el consejo para el profesional vale para el lector ajeno al medio como una observación analítica, como un comentario lanzado al aire para ser compartido por el periodista elemental dentro de cada lector-televidente. 9
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