PRÓLOGO En varias naciones, algunas comparten nuestro idioma, se han producido compendios didácticos y reflexivos —el término manual puede sonar reductor pero también es válido para la obra que tiene entre manos— sobre el periodismo televisivo. Pero nos hacía falta un libro que, sin dejar de ofrecer su vocación práctica a lectores-televidentes de otras latitudes, se haya pensado desde y para la pantalla peruana, dirigida a sus excitados reporteros y a sus atribulados televidentes, un libro que ilustrara la teoría con ejemplos y contraejemplos acontecidos en casa, que incluyera los propios acentos, faltas, lugares comunes, tradiciones, vicios, virtudes, antecedentes locales, y retos globales de la producción y difusión de noticias en la televisión. Lecciones de periodismo televisivo (2004), de Julio Estremadoyro, y El servicio de noticias en el Perú (2009), del veterano productor Renato Canales, empezaron a acometer esa misión y, ahora, Hugo Coya la actualiza y la lleva más hondo y más lejos. A Hugo le ha tocado «refrescar» la teoría de su profesión justo cuando muchos agoreros profetizan su muerte, enredada y estrangulada por las redes de prosumidores de noticias que se lanzan a registrar la realidad o que simplemente se topan con ella, sin las premisas y alcances profesionales del periodista televisivo. Pues ya pasaron algunas temporadas de ese susto y se ha confirmado que la organización del noticiero típico de la televisión comercial, con sus noticias tradicionalmente estructuradas, continúa siendo la primerísima fuente de información para la opinión pública y —esta es la novedad— esta ha incorporado mecanismos para recibir las alertas de las redes y dialogar con ellas. El periodismo televisivo no compite con la inmediatez del Twitter y del Facebook, se la apropia. Hay, pues, más noticias y estas fluyen a más velocidad que antes, pero las prácticas que describe, analiza y recomienda Hugo (que son las de su 8
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