El periodista y la tv

de la concepción «yo lo vi» y, por tanto, «ocurrió así» o «me consta cómo sucedió» se ha apoderado por completo de la percepción social, a partir de la valoración de cada noticia y aun de la forma en que se concibe la realidad, es decir, de aquello que se acepta ahora como historia. Hechos más o menos recientes en el Perú, como el atentado terrorista en la calle Tarata, la captura del líder senderista Abimael Guzmán, la liberación de los rehenes en la residencia del embajador japonés, la difusión de los llamados vladivideos o el levantamiento de los indígenas en Bagua, forman parte de nuestra memoria colectiva como nación. Pero no se trata de un fenómeno nacional sino, más bien, global. El impacto de las noticias en televisión es tan grande que ha permitido adoptar acontecimientos transformados en imágenes como reafirmación de una identidad nacional, si se habla de casos como el bombardeo al Palacio de la Moneda con la muerte del presidente chileno Salvador Allende en 1973 y las masivas manifestaciones para las elecciones directas en Brasil entre 1983 y 1984. Sudáfrica, después del apartheid, ha experimentado una transformación de la representación histórica de su propia identidad nacional con la incorporación de la imagen televisiva del extinto Nelson Mandela encarcelado, imagen que lo convirtió en un símbolo de ese país. La lista de noticias televisadas que representan la identidad nacional se acrecienta en la medida en que este medio amplía su cobertura y se convierte en referente obligado de los acontecimientos políticos, sociales, económicos, culturales, etcétera, registrados en un país. Así, los acontecimientos se tornan históricos —con valor de registro imperecedero para la humanidad— siempre y cuando hayan sido grabados por una cámara de televisión. Este binomio historia-televisión es completamente diferente de otra tendencia que ha surgido recientemente en el medio y que tiene su correlato en la proliferación de programas que se enmarcan dentro del género denominado reality o telerrealidad, que pretende mostrar supuestamente aquello que le sucede a personas «reales». Aunque se afirma que el propósito de dichos programas, en algunos casos, es formar e informar, la mayoría no pueden ser considerados como reales, ya que las personas están mediatizadas por las cámaras o han sido sacadas del contexto habitual en que se desarrollan para registrar sus reacciones, en forma tal que se enmarcan en la hipervisibilidad o hiperrealidad televisiva, como afirma Gérard Imbert (1988, pp. 5-6). 34

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