En octubre si hay milagros

sí hay milagros octubre En Escrito e ilustrado por Rosa Carrasco Zuleta COLECCIÓN

COLECCIÓN Escrito e ilustrado por Rosa Carrasco Zuleta sí hay milagros octubre En

En octubre sí hay milagros © Rosa Carrasco Zuleta Colección Lectura que cura © Biblioteca Nacional del Perú Av. De la Poesía 160, San Borja, Lima - Perú. www.bnp.gob.pe Presidenta de la República del Perú Dina Boluarte Zegarra Presidente del Consejo de Ministros del Perú Eduardo Arana Ysa Ministro de Cultura del Perú Fabricio Valencia Gibaja Jefa Institucional de la Biblioteca Nacional del Perú Ana Peña Cardoza Director de la Dirección de Acceso y Promoción de la Información Leandro Villalobos Terán Edición: Rosario Rivadeneyra Ortiz Corrección de estilo: Sandra Arbulú Diseño y diagramación: Pamela Martínez Revisión histórica: Jimmy Martínez Céspedes Primera edición: junio de 2025 Tiraje: 1000 ejemplares Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.o 2025-06838 ISBN: 978-612-5205-07-0 Impreso en Pacífico Editores S.A.C. Jr. Castrovirreyna 224, Breña Lima, Perú Ejemplar gratuito, prohibida su venta o reproducción

«Lectura que cura» es un servicio de extensión bibliotecaria de la Biblioteca Nacional del Perú que busca acercar los libros y la lectura a personas en contextos de vulnerabilidad, promoviendo su valor como herramientas de bienestar emocional y social. Este servicio se desarrolla en entornos hospitalarios y de acogida, donde la lectura se convierte en un acto de compañía, contención y esperanza para niñas, niños, adolescentes, personas adultas mayores, así como para sus familiares y acompañantes, quienes, por diversas circunstancias, no pueden acudir a una biblioteca. Como parte de este compromiso nace la colección «Lectura que cura», una serie de libros pensados para acompañar afectivamente a estas comunidades. Son historias sensibles, empáticas y esperanzadoras, que ofrecen un espacio de fantasía y conexión a través del

poder de la palabra. Mediante un lenguaje simbólico o narrativo, estos libros responden a las necesidades emocionales y cognitivas de sus lectores, incorporando también temas relacionados con el autocuidado y la salud física. Cada libro incluye una guía de mediación destinada a voluntarios capacitados o mediadores de lectura, con orientaciones que facilitan su uso en espacios de lectura compartida, lo cual fortalece el vínculo humano y emocional que se construye a través de la lectura. El espíritu de «Lectura que cura» también se refleja en las ilustraciones de esta colección, que integran símbolos diseñados para visibilizar y honrar las distintas luchas que atraviesan esta población y sus familias. Estos pequeños guiños buscan generar reconocimiento, empatía y sentido de pertenencia, acercando el libro de una manera personal y significativa a quienes más lo necesitan. Desde la Biblioteca Nacional del Perú, reafirmamos nuestro compromiso con la creación de espacios y colecciones que abracen, reconforten y transformen. Porque leer también puede curar.

Dedicado a quienes, alguna vez, sintieron que el piso se movía y siguieron caminando. A las niñas y los niños que no se rinden y están colmados de esperanza. Al maestro Oswaldo R. Y a Daniel, que sabe volver.

8 I —¡Sujétense! ¡No se separen! —fue lo último que le oí decir a mamá. Yo no pude obedecerla. Mi madre aprendió de su madre —y esta, de su abuela, y esta, de su bisabuela, y así hasta que la primera Picalibros pusiera una patita en esta ciudad— que la familia era lo más importante para las personas modestas y pequeñas como lo éramos los Picalibros: pequeños pero muy cultos. Para vivir, preferíamos las casas con habitaciones llenas de libros en vez de algún restaurante o panadería. Las personas que tienen libros también tienen por ahí un pan duro. Uno puede querer mucho leer, pero si no hay para comer, pues preferirás un pan que el inicio de una buena historia. Mamá decía que, si no leíamos, no sabríamos nada de la vida; que cuando uno es pequeño en tamaño, con mayor razón debe ser grande en sabiduría. Es cierto que no todos nos aficionamos a los libros. Por ejemplo, a Mercurio, mi hermano menor, le gusta más ir de aquí para allá, leer mapas (no libros), aprenderse las rutas para conocer siempre el regreso a casa. Suele salir de expedición con frecuencia, hacer largos viajes, usualmente peligrosos para nosotros, y llegar sano y salvo. A Miss Orquídea —así le decimos a mi hermana más pequeñita— le encantan la danza y las piruetas; pasa sus días practicando las rutinas de gimnasia de las últimas olimpiadas que vio en la televisión del portero. Su nombre de pila es Nadia,

9 pero a mi mamá, que lee mucho, le gusta llamarla como el personaje de una historia de un gran escritor de aquí. A mi hermano mayor, Konstantin, le gusta el teatro; eso lo ha obligado a leer, y ahora es un gran lector. Prefiere los guiones históricos o del futuro y está escribiendo uno sobre Romeo y Julieta de la era espacial. Mi hermana segunda quiere ser astrónoma. También lee enormes libros con fotografías a color de las constelaciones. Promete que ella hallará una que se parezca a nosotros: la llamará constelación Cheddar. Mamá le dice que eso no es queso. Ella le replica que sí lo es y que es el que más le gusta. Mamá insiste en que le ponga de nombre Roquefort. Caroline le replica: —Mamá, eres tan conservadora. Yo creo que la debemos llamar «Paria», el queso que suele comer don Jorge Guardia, el portero. Si no me lo como entero es porque sé respetar lo ajeno. Él es muy generoso. En las fechas especiales, sale al patio trasero, y detrás de la maceta donde está un hermoso crotón, de hojas grandes, verdes, amarillas y rojas, sobre la tierra húmeda, al pie de su tronco, en Fiestas Patrias, en octubre, Navidad, San Valentín, con la llegada de la primavera, suele colocar allí un buen trozo de su queso para nosotros. ¿Qué hubiera sido de los Picalibros sin los Guardia?, familia que en los últimos cuarenta años ha sido la protectora de nuestro clan y la mejor cuidadora del histórico recinto donde vivimos.

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11 Esa noche, mamá nos contó la historia de nuestra familia, de la unión que siempre fue su pilar, de cómo llegamos desde lejos a esta tierra, cómo somos ahora parte de esta y que nunca, pero nunca, nos separaremos.

12 II La mañana del 3 de octubre de 1974 nos levantamos muy temprano. Papá saldría al trabajo y nosotros nos quedaríamos en casa: no había clases ese día. No sé bien por qué —quizá alguna disposición del gobierno o algún feriado escolar inesperado—, pero lo cierto es que nos mantuvo a todos juntos en casa. Excepto papá. En esta ciudad, las clases empiezan en abril y acaban en diciembre, así que para octubre uno ya está cansado y sueña con que llegue el verano. Yo solo quería que la primavera pasara rápido, sin tareas para la casa, que llegaran las vacaciones y poder leer los libros que pediría como regalo de Navidad. Nuestra escuela, la Gran Unidad Escolar Don Juan Pérez, quedaba a unas cuadras de la casa: un camino largo a través de la calle de las imprentas donde mi papá trabajaba. Unas tres cuadras camino hacia el río debíamos doblar a la derecha para ingresar a un pasaje empedrado: allí estaba la escuela. Era un colegio muy grande, con un amplio patio interior desde donde la escalera principal ascendía a la segunda planta. Debajo de esta escalera se encontraba la pequeña y discreta puerta que era la entrada a nuestra escuela; una muy pequeña dentro de la mayor. Allí íbamos a aprender casi lo mismo que los que, sin vernos, creían que eran los únicos entre las especies que habitaban el planeta Tierra que sabían algo sobre las estrellas, el clima, la historia, el lenguaje…

13 Octubre es un mes muy bonito. Me gustaba ir a la escuela en ese tiempo. Ya no hacía frío. Algunos días, el cielo dejaba de estar gris. Las primeras flores aparecían y a mí se me daba, junto con mi hermano Mercurio, por visitar a papá a la salida de clases. Fue ahí cuando Mercurio empezó a interesarse por los mapas. Esa vez vio cómo el dueño de la imprenta, don Carlos, ordenaba —con el maquinista al lado— los grabados que serían parte de un libro de geografía. Ese señor era como don Jorge. Estoy seguro de que era quien dejaba los pequeños cortes de papel ordenados al lado de la ventana para que papá pudiera tomarlos y llevarlos a la pequeña prensa que había hecho con pedazos sueltos de madera para imprimir los sellos que tenían tallados los mensajes para toda nuestra comunidad. Las noticias daban cuenta desde dónde podíamos encontrar alimento hasta en qué lugar vivían los michifuces más peligrosos, pasando por las tristes noticias acerca de quienes habían perecido en un accidente doméstico, ya fuera de un escobazo, simplemente entre los grandes zapatos de un hombre alto y fornido o entre las ruedas de un triciclo. La Gaceta Ratona era el diario más antiguo de la comunidad roedora de Lima y El Diente Crítico, el dominical más leído de la ciudad. Ambas publicaciones eran hechas por mi padre y sus amigos bajo el amparo de su mecenas, el dueño de C. Z. Impresores, el negocio editorial del buen don Carlos. ¡Ah! Y no podía faltar el programa cultural: papá tenía siempre la programación del teatro (nuestra gran casa) y buena parte de mis amigos y conocidos llegaban al estreno

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15 de alguna obra con sus mejores trajes para disfrutar la magia de algún drama o del ballet. Aquella mañana, papá dejó sobre la mesa el borrador de un libro que estaba haciendo sobre la llegada de nuestra familia a Lima. Le pidió a mamá que lo fuera leyendo en sus tiempos libres y le diera su opinión o le anotara cosas que ella creía que faltaban. Prepararon el desayuno juntos. Como de costumbre, papá lo tomó antes porque debía ir a imprimir las noticias de aquel especial día. Cuando llegamos a la mesa con mis hermanos, él ya se estaba despidiendo de mamá. Aprovechó para despedirse de nosotros no sin antes advertirnos que nos portáramos bien y acabáramos toda nuestra comida. Yo estaba alegre ese día. Faltaba poco para el estreno de una gran obra: la primera actriz de la ciudad interpretaría a Estrella Alegre, la hija predilecta del inca Pachacutec, del que sabía por mis clases de historia. Como siempre ocurría antes de un estreno, mis hermanos y yo estaríamos entre bambalinas viendo los ensayos de los actores y de la orquesta, el vestuario, los juegos de luces y el decorado del escenario. Que fuera un drama andino basado en una historia inca me tenía inquieto y expectante. Imaginaba al Sol bajar desde el techo del escenario y ocultarse para que luego descendiese la Luna. Entonces, el operador de las luces elegiría unas en tonos azules que harían resaltar las ropas de lino blanco bordadas en oro de la princesa de cabello azabache que, al brillo lunar, se tornaría zafiro.

16 Estábamos hablando de todo eso mientras yo lavaba los platos del desayuno y Mercurio los secaba, cuando sentí un breve movimiento bajo mis pies. Levanté los ojos. Mercurio ya me miraba. —¿Qué fue eso? —me preguntó. No acababa de decirlo y ya mamá nos estaba pidiendo, desde su habitación, que fuéramos al patio. Ella nos dijo que ese pequeño movimiento había sido un temblor; que tal vez, como don Jorge era más grande, no lo había sentido, y que esa era nuestra ventaja al ser más pequeños, que podíamos sentir antes que nuestros amigos humanos los temblores. —Ahora ya saben —advirtió mamá—. Si esto vuelve a ocurrir, vamos al patio. Si es muy fuerte, salimos por el pasadizo a la calle rumbo a la avenida siempre juntos, sin separarnos. ¿Entendieron? —recalcó. —Sí, mamá —respondimos. Volví a los platos y me percaté del manuscrito que estaba sobre una silla: Los Picalibros, historia de una travesía, decía su título

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18 III Regresé a mi tarea. Solo me faltaban unas tazas para terminar de lavar y el piso debajo de mis pies volvió a temblar, esta vez por un lapso más largo. Mercurio y yo hicimos lo que mamá dijo. Salimos al patio y yo, no sé por qué impulso, tomé, antes de salir el manuscrito que papá había dejado para que mamá lo leyera. Cuando estuvimos en el patio —menos nuestra pequeña gimnasta—, el piso empezó a moverse y mamá gritó: —Nadia, sal de inmediato. Nadia, que no tenía miedo de caminar sobre arenas movedizas, corrió más por hacer algún tipo de salto que por temor. Fue en ese momento que el piso empezó a girar como un remolino terrestre. Nos quedamos paralizados y todo empezó a sonar con el estrépito de las cosas cayendo al piso. Mamá nos miró, nos ordenó una vez más que no nos separáramos y nos indicó que saliéramos con cuidado. Atravesamos en grupo el largo pasadizo que conducía a la calle principal a toda velocidad, con los oídos erguidos por el impacto del ruido y nuestras colas moviéndose de un lado a otro para mantener el equilibrio en medio de un planeta que ya no solo se movía alrededor del Sol o sobre su eje, sino que parecía querer explotar. Si no hubiera sido por las almohadillas de mis pies, que me servían para dar grandes zancadas sin sentir el impacto, no hubiera podido llegar hasta la calle. La gente no se percató de nosotros, así que estábamos a salvo. Un segundo y fuerte remezón hizo que el edificio frente

19 a nosotros, en medio de la estrecha calle, se comenzara a desmoronar. Mamá volvió a gritar: —Corramos a la avenida. No se separen. Me costaba correr a la misma velocidad que el resto con el manuscrito de mi padre. No iba a soltarlo. Era una manera de estar con él en ese momento. Venían a mi mente breves pensamientos que eran cortados por la violencia que hacía que todo se desplomara a cada paso. Cuando llegamos a la avenida principal que conducía a la gran iglesia, la tierra dejó de moverse. Las personas que habían aprovechado el feriado escolar para ir con sus hijos a visitar la iglesia nazarena, donde estaba el Cristo Moreno, corrían de un lado a otro, todas buscando un medio rápido para volver a su hogar. Mamá nos dijo una vez más que no nos separáramos porque íbamos a regresar a casa en medio de esos zapatos que iban y venían. Juntos, en zigzag y en fila, uno de tras de otro, comenzamos el regreso, cuando un gran ómnibus arrancó abriéndose paso entre la gente. Antes de que nos aplastara, mamá saltó a la canasta de una señora que subía al bus. Mis hermanos la siguieron, pero yo me quedé abajo, mirando a lo lejos cómo mi papá venía por la otra calle. Nos había visto y venía corriendo. El auto arrancó y yo corrí en dirección a papá sin importarme que algún zapato de taco de alguna señora me cortara la cola o un botín de policía me hiciera puré.

20 Papá se detuvo para ver el auto en el que se iba la familia; yo volteé también. En el vidrio posterior del bus amarillo pude leer unas letras gordas e inclinadas de color negro con sombras amarillas que decían: «La Perla-Callao». Volteé para ver a papá. Estaba tendido al borde de la acera. Olvidé a mamá, a La Perla, las letras de bordes amarillos, el piso movedizo, las casas derruidas y, como si nada más hubiera en el mundo, corrí adonde papá. Acerqué mi redonda oreja a su pecho, pero su corazón había dejado de moverse. El tiempo se detuvo, como el latido de su corazón. Estuve no sé cuánto tiempo paralizado. De pronto, una voz aguda, como las de los cuentos de terror en los que un gato brujo te convierte en paté, me advirtió: —Si sigues ahí, te harán papilla. Un gato flaco y negro se me acercó, tomó a mi papá en sus fauces y trepó por una escalera de incendios que daba a la parte lateral del convento de la iglesia donde está la imagen del Cristo que sale en octubre en procesión. Me sentí impotente, desesperado. Ese gato se había llevado a mi padre y yo no había hecho nada. Estaba aterrado y solo al borde de la acera. El gato volvió sin papá. Yo corrí y atravesé la primera puerta abierta que encontré. Una vez adentro trepé por una escalera de madera a un altillo. Sintiéndome temporalmente a salvo, tuve tiempo para darme cuenta de que no tenía el manuscrito. Había perdido lo único que me quedaba de mi padre y mi familia.

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22 IV Primero pensé que estaba en una iglesia. En el altillo donde terminé había pies por todos lados. Me asusté, pero cuando miré bien, vi que no eran reales, sino los de estatuas humanas de tamaño real. Las túnicas que llegaban hasta sus empeines y las sandalias cosidas a mano se presentaban a mis ojos para luego ver delicadas manos unidas, entrelazadas o abiertas como anuncio de rostros serenos y miradas piadosas que no reparaban en mi presencia. Elegí una como morada. Era mejor que me quedara esa noche ahí, por si el gato estuviera afuera y mi vida terminara en ese instante, pensé. Hubo alguien que llamó mi atención. En medio de todas esas estatuas, había un hombre de túnica larga y sandalias, que tenía a sus pies un ratoncito, un gato y un perro comiendo de un mismo plato. Me sentí por un momento valiente. Me colocaría al lado de mi congénere y procuraría dormir. Alcé la mirada y encontré unos ojos marrones llenos de ternura que me dieron las buenas noches. —Buenas noches, señor Santo —le dije y me quedé dormido. A lo lejos, una sirena que cruzó la noche me despertó. La luz de la teatina del lugar permitía que, en medio de la oscuridad, pudiera distinguir que, si bien no estaba en una iglesia, algo sagrado había en ese lugar. Era una tienda de santos, de objetos para los fieles que iban a visitar la milagrosa imagen que dormía a unos metros de mí en el convento en el que vi a mi papá desaparecer.

23 Perdí el sueño y bajé. El terremoto no había hecho tantos estragos en el altillo, donde las imágenes estaban atadas a unas columnas que las sostenían; sin embargo, en el primer piso, las pequeñas estatuas de vírgenes y santos se habían caído y fueron juntadas en un montículo a un lado de la puerta de fierro de la entrada. Me subí al mostrador. A pesar del movimiento del terremoto seguía en pie, pero en el interior todo era un revoltijo: rosarios, denarios, estampas, libros de nácar que parecían de queso con dibujos de niños arrodillados, velas, inciensos entreverados como si fueran los ingredientes sin cocinar de alguna receta. De la pared había caído al suelo un cuadro al que le habían sacado el vidrio roto, tal vez para arreglarlo. Quedó recostado al pie del mostrador, lo que me permitió leer: «Licencia de funcionamiento para local comercial». Líneas abajo pude enterarme de que era una tienda que vendía artículos religiosos con el hermoso nombre de «Divino Tesoro», cuyas dueñas eran tres mujeres que compartían los mismos apellidos; como mis hermanos y yo éramos Picalibros, ellas eran las hermanas De Aliaga. Volví a recordar a mi familia y sentir mi soledad. Luego subí para estar cerca de mi nuevo hermano, el ratoncito de yeso a los pies del señor de ojos caramelo que me miraba con ternura. Fue ahí que observé un papel al pie de una joven santa de hábito negro con blanco, coronada de rosas y con las manos entrelazadas, de donde colgaba un rosario. Tenía la expresión más dulce que haya visto en un humano. Al acercarme al papel, estaban escritos con lápiz dos nombres, y debajo de

24 cada uno, varias rayitas verticales que cada cuatro unidades eran atravesadas por un palito en diagonal. Al final decía: —Aquí nos quedamos. Firman: Alina y Rosa. 29 de septiembre de 1974. Hacía muy poco que eso se había escrito. Deseé por eso, con todo mi corazón, que esas niñas no hubieran estado lejos de sus padres en el terremoto. Moví el papel un poco para que quedara debajo de los pies de la santa y así un viento no hiciera volar por los aires lo que parecía la cuenta de una partida de algún juego que esas niñas habían dejado como constancia para continuarla en otra ocasión. Cuántos juegos con mis hermanos quedaron detrás, juegos maravillosos como la carrera de bolitas con miguitas de pan o el escape del laberinto. Este último era muy divertido. Dibujábamos en el piso, con tiza, un modelo del laberinto al que eran sometidos los pobres hermanos ratones de laboratorio y medíamos quién salía de él en menos tiempo. Solía ganarlo Mercurio, que parecía tener alas en las patitas. La carrera de bolitas era mi fuerte; nunca perdía. Nadia ganaba en la cuerda floja, Konstantin era el mejor en la búsqueda del queso de oro y Caroline siempre ganaba en encontrar formas graciosas uniendo las estrellas del firmamento. Recordarlos me llenó por un momento de alegría y me fui a dormir un poquito menos triste. Elevé la mirada para desearle de nuevo las buenas noches al señor de ojos color marrón y largas pestañas, cuando vi en la teatina que una mancha negra se interponía entre mí y la Luna. Era el gato negro.

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26 V Me escondí detrás del santo protector de los animales para que el gato no me viera, pero ya era tarde. Golpeaba con su pezuña el vidrio, queriéndome decir algo. Asomé la cabeza discretamente por el costado de la manta negra de mi imagen protectora y vi al gato. No sé leer labios, y menos, hocicos de gato. Grave error, como decía mi papá. Uno debe saber siempre el idioma de sus adversarios; sin embargo, a pesar de ello, presentía que quería decirme algo importante. Salí de mi escondite y el felino empezó a gritar que le abriera la ventana, que jalara el gancho de la teatina para que esta se descolgara un poco y él pudiera entrar. No sabía qué hacer. Dudaba de él. Me habían educado para desconfiar de los gatos; sin embargo, el señor de los ojos caramelo tenía comiendo de un mismo plato a mi compañero de sueños con un gato y a este, con un perro. Por un momento pensé que toda regla tiene una excepción o que mi papá había aprendido de su papá —y este, del suyo— a temer a los gatos, y que los gatos, a su vez, habían aprendido de sus padres a cazar ratones y que era ya más por costumbre que por necesidad que esta historia seguía siglos y siglos; más ahora, en medio de una ciudad con basureros llenos de restos de comida mucho más sabrosa que un ratón. Volteé a consultarle al sabio señor de hábito negro y comprendí que el mundo podía cambiar si así lo queríamos. Tomé fuerzas y, trepándome cual Nadia en su mejor rutina de equilibrio, llegué hasta la teatina, que tenía una pita atada al cerrojo para jalarlo desde abajo.

27 —No puede ser —lamenté en voz alta. Tomé aire, descendí y desde abajo tiré con fuerza el cordón. El gato pudo saltar hacia las alas de un arcángel y de ahí al piso. —Buenas noches, ehhh… —dijo el gato como animándome a decir mi nombre. —Daniel Picalibros. Buenas noches —me presenté. El gato me arrojó unos folios cosidos: eran las memorias de mi padre. El manuscrito estaba intacto. Lo tomé y, armándome de valor, le lancé: —Gracias por rescatar algo de él… Nada de gracias por habérselo comido —añadí con rabia, ajustando mis dientes. El gato me miró con compasión y, en vez de lanzarse sobre mí, me respondió: —No me he comido a tu padre. Lo he llevado a un lugar seguro donde enterrarlo. Las hermanas carmelitas que cuidan la iglesia tienen un jardín interior con un hermoso rosal. Me percaté de que no hubiera ninguna cerca. Después, bajé del techo por la enredadera para hacer mi labor de jardinería y pompas fúnebres. He dado cristiana sepultura a tu padre. Eso quería decirte hoy que me viste y saliste disparado como un loco. Me quedé callado por un segundo. Elevé los ojos al santo de los animales que comían en mismo el plato, volví mi mirada al gato, me acerqué a él y de un salto lo abrace de la pata, llorando, dándole las gracias entre sollozos. El gato me apartó con delicadeza y añadió: —Debes saber que soy converso. Hace años que no como ratones; solo verduras o restos de comida que encuentro por

28 Lima o que suele compartir conmigo un buen amigo. Pierde cuidado. Fue ahí que nos sentamos al pie de la estatua donde comían perro, pericote y gato, y nos pusimos a charlar. Respondía al nombre de Dantés, como el personaje de una famosa novela de aventuras que hizo mis delicias entre mis primeras lecturas. Dijo que la ciudad estaba revuelta, que muchas casas de adobe o quincha, solares antiguos de Lima, se habían venido abajo, que se había ordenado un toque de queda. Solo se podría salir de cinco de la mañana a siete de la noche y lo más probable es que Divino Tesoro, el lugar que nos albergaba, estuviera cerrado un par de días más por «el descanso laboral para la reconstrucción». —Y el gran teatro… ¿Está en pie? —pregunté dubitativo. —Tan en pie como el cerro San Cristóbal —aseguró—. Se han caído algunas cosas, la parte lateral tiene rajada una pared, las molduras de la fachada se vinieron abajo, pero en general se podrá refaccionar en poco tiempo. —Y la portería, la casita lateral en la que vive el portero… ¿Has podido verla? —pregunté intrigado. —Ese portero es buena persona. Ahí lo vi con una venda en la cabeza porque por poco el letrero del estreno lo mata. La Cruz Roja lo asistió, y ahora, con la frente cubierta, parece uno de esos revolucionarios de la independencia. A pesar de estar herido, ha sacado su despensa a la calle y les da a los ancianos una bebida caliente o un pedazo de pan. Pude ver que su casa estaba entera, con macetas rotas, molduras quebradas en el piso, pero en pie —me informó Dantés.

29 Le conté que yo vivía ahí; de mi familia, que llegó hacía mucho tiempo a esta tierra; de nuestro amor por el teatro y las artes; de mi madre y mis hermanos que se treparon a un carro que decía «La Perla»; de que me quedé porque en el instante de subir al vehículo vi a mi padre que venía de su trabajo en dirección a nosotros corriendo y que lo demás él ya lo sabía. Dantés me miró con serenidad. Se daba cuenta de mi situación y quería calmarme. Me dijo que no temiera, que mientras permaneciera en la tienda de los santos estaría a salvo; que él se quedaría conmigo por esa noche y que al día siguiente me contaría todo lo que debía saber de ese lugar y alrededores mientras pensábamos qué hacer para encontrar a mi familia. Nos fuimos al lado del santo de los ojos caramelo. Como no podía dormir, me acurruqué al lado del gato, que tomó los apuntes de mi padre y me comenzó a leer.

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32 VI «Historia de una separación, por Edilberto Picalibros, verano de 1974. Dedicado a mi querida Ofelia. Si algún día esta historia fuera leída por algún humano, empezaré por decir que cuando un ratón viene del otro lado del mundo equivale a decir que un hombre viene de la Luna. Nuestra huida fue motivada por la segunda gran guerra. La familia Picalibros se había dedicado, por muchos años, a estudiar la historia de los roedores en nuestro planeta. Instalados por décadas en el barrio de Baixa, las librerías y las bibliotecas del barrio cultural de la ciudad nos proporcionaron importantes libros de zoología dedicados a cuanto tipo de mamífero roedor existe. El abuelo de nuestro tatarabuelo, el ilustre Aristóteles Picalibros, el más famoso ratón de biblioteca que Lisboa haya conocido, sabía cada una de las características de la familia rodentia, desde las más comunes, como el tener dientes incisivos frontales grandes y afilados que crecen continuamente, hasta aquellas propias de cada grupo, como aquella que hace que los cricetidae tengan las mejillas extensibles y puedan almacenar en ellas semillas, lo que los convierte en un peligro a la hora de repartir raciones en tiempos de crisis; o el beneficio que representa naufragar con un primo capybaridae, cuyas patas adaptadas para nadar pueden salvarte la vida. Saber quiénes éramos le permitió a nuestro eminente ancestro darse cuenta de que la gran guerra estaba dejando sin alimento al este y centro de Europa y que, acorralados por

33 la aridez y la muerte que traen consigo las armas humanas, nuestros vecinos de otros lugares huirían al oeste para sobrevivir. Fue en ese tiempo que el buen Aristóteles empezó a planear su viaje. Premunido de sus investigaciones bajo el brazo, fue a buscar a sus familiares más cercanos para convencerlos de que, más pronto de lo que se creía, Lisboa sería invadida por roedores del este, quienes traerían consigo hambre y enfermedades, y de ninguna manera él caería en el enfrentamiento con sus congéneres. —Que los humanos se ataquen entre sí no puede obligar a que las especies que sufrimos esas consecuencias nos comportemos como ellos —aseguraba enfáticamente, marcando la diferencia entre él y una especie que usualmente no comprendía». —Vaya que era sabio ese recontra tatarabuelo tuyo —me sorprendió Dantés, y continuó leyendo emocionado. «Las reflexiones del sabio ratón calaron en algunos de nuestro clan; otros temían sacrificarse en favor de la paz y estuvieron dispuestos a quedarse y mezquinar un pedazo de queso a un ratón extranjero. —Los muridaes pequeños —los ratones domésticos como nosotros— no tenemos la fuerza y las ventajas de roedores más grandes. Ardillas, marmotas y ratas arrasarán con parte de los granos que han sido hasta ahora nuestro alimento, si no es que los humanos también —enfatizaba el sabio. Fue esta sabiduría previsora la que hizo que los Picalibros y sus primos, los Colariza, asumieran como un hecho el preparar las maletas y subir al primer barco de carga que zarpara del

34 puerto de Lisboa, cruzara el Canal de Panamá y llegara al océano Pacífico. Cual Hernando de Magallanes, el señor Aristóteles Picalibros partió no de Sevilla, sino del puerto de Lisboa, en la desembocadura del río Tajo, un 10 de agosto de 1943, con una tripulación de nueve Picalibros y ocho Colariza, rumbo a América del Sur. Días previos a la partida, se habían dirigido, con muy pocas ropas y enseres, al Teatro Nacional D. María II para partir hacia el puerto dentro de un baúl que llevaba consigo el vestuario de la compañía teatral que viajaría a Sudamérica con escala en el Canal de Panamá. Llegar desde su morada —la pequeña puerta del zócalo lateral izquierdo de la librería Bertrand del barrio de Chiado— no era difícil. Así dejó detrás su cálido lugar, todos los libros que aún no había leído, su acogedor escritorio, su lámpara de lectura y las hermosas acuarelas hechas por su madre. Fue el último de los nueve en salir de casa, apagar las luces y cerrar con llave lo que fuera su hogar por muchos años, y hogar también de su abuelo y bisabuelo. Qué le esperaba en las nuevas tierras era algo que no sabía. De lo que sí estaba seguro era de que durante los veinte días que tomaba llegar a Panamá debía darle clases intensivas de español a toda la tripulación. Así que, diccionario en mano, dando un suspiro y deseando volver, don Aristóteles Picalibros cerró la puerta». —Qué valiente fue este señor —se admiró Dantés cuando yo estaba a punto de quedarme dormido—. Creo que mejor ya descansamos y seguimos con la lectura mañana —agregó mientras nos acomodamos para reposar.

35 Esa noche soñé con todos mis abuelos, con mi familia, con nosotros representando la última obra que se estrenó en el teatro, mi madre vestida de galas, yo con ropa de caballero, y Dantés, con traje y sombrero.

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37 VII Al despertar, lo primero que hizo Dantés fue contarme a quiénes pertenecía mi refugio. Estirándose todo lo largo que era y quitándose la pereza, iba dándome instrucciones acerca de cómo comportarme en aquel lugar. Teníamos toda la mañana para un entrenamiento básico de supervivencia, como él llamaba a la situación, cuando sentimos que alguien le quitaba desde afuera los candados a la puerta enrollable. —A esconderse —me advirtió, para luego añadir que se tenía que ir, que era muy grande para pasar desapercibido, y que ya una vez la dueña había castigado a unas amiguitas suyas por dejarlo estar dentro de la tienda. De la cabeza de nuestro santo protector saltó a las alas del arcángel, de ahí, a la teatina abierta, y desapareció por los tejados. La amplia puerta frontal de la tienda de artículos religiosos Divino Tesoro se abrió por completo y mi recinto, el altillo habitado por los santos de iglesia, quedó iluminado hasta el último rincón. Con cuidado, y dando gracias a mi pequeño tamaño, me asomé por un costado para saber qué sucedía abajo. Una señora robusta de cabello oscuro y rostro serio les daba indicaciones a dos hombres vestidos con ropa de faena. De la conversación entre patrona y empleados pude deducir que no eran sus trabajadores permanentes, sino un par de contratados especialmente para ordenar lo que nuestra temblorosa tierra había ocasionado.

38 Los hombres sabían su trabajo. Detectaron con rapidez aquellos objetos que podían venirse abajo y los colocaron a buen recaudo, para poner en la calle, pegado a la pared, lo que estaba estropeado y debía ser arrojado a la basura. Tomaron luego dos escobas para quitar el polvo del piso. Fue en ese instante que uno le mencionó al otro que habían sobre el suelo empolvado huellas de pequeños deditos, como de los pies de los ratones. —Disculpe, señora, creo que en su local hay ratones o ratas —se dirigió el hombre más alto y de gruesos bigotes a la dueña de la tienda, mientras le señalaba con el índice el piso para que viera mis huellas. La mujer se subió de un salto, con toda su corpulencia, a un banco para decir en voz alta, casi gritando. —¡Saquen de aquí a esos monstruos! Vayan a comprar trampas y queso para atraparlos y arrojarlos a la basura. —¿No sería mejor comprar veneno y colocarlo para mueran de una vez? —replicó el hombre más bajito, detrás de sus lentes de gruesas lunas. —No —respondió ella—. En este recinto sagrado no debe haber asesinatos. Solo atrápenlos y arrójenlos a la basura. Me entristecí al escucharla. La señora que acomodaba con suma delicadeza los rosarios, las velas y los libros de nácar no podía ser la misma que no toleraba a mi especie. Los humanos suelen ser contradictorios, dijo alguna vez mi papá, o tal vez era que dentro de ellos había más de uno.

39 Durante dos días el hombre alto con bigotes y el bajito con lupas en los ojos trabajaron sin parar y se quedaron a dormir en el local para evitar que algún ladrón se aprovechara de la situación de caos que se vivía afuera para robar, por ejemplo, uno de los rosarios de perlas o de piedras preciosas que se guardaban en una caja de cristal con llave. Dantés asomaba de vez en cuando por la teatina para asegurarse de que yo estuviera bien. En cuanto a mí, cada vez que los hombres se subían al altillo me colocaba al lado del ratón de la estatua, tan inmóvil como él para camuflarme con la comunidad de yeso y pasar desapercibido. Lo debo haber hecho muy bien porque pasaban sus botas delante de mí sin darse cuenta. Aproveché un descuido de los trabajadores, corrí a los pies de la santa con rostro bondadoso y metí debajo de sus pies el papelito de los juegos de las niñas que, sin conocer, me causaban simpatía, no fuera que, al barrer con sus enormes escobas, botaran a la basura tan importante documento. Volví a colocarme como ratón de yeso y observé el minucioso trabajo que realizan los humanos para atraparnos. Habían traído de la ferretería las clásicas trampas de metal que alguna vez papá nos mostró de un escaparate. Jamás las vimos en casa ni en el trabajo de papá; don Jorge y don Carlos no serían capaces de colocarle una trampa a nadie. Mi habitación del altillo era un campo minado, lleno de trampas que mostraban suculentos trozos de queso. Se me hacía agua la boca del hambre; sin embargo, sabía que si me

40 acercaba a uno de esos manjares sería atrapado y terminaría con una pata quebraba, la oreja partida, la cola sin punta y arrojado en un basurero. Resistí el hambre. Casi me quedé tieso de no moverme por tantas horas. Al cabo de dos días, antes de que oscureciera, escuché a la dueña darles las gracias a los trabajadores, pagarles por sus servicios y salir con ellos a cerrar. No sin antes decirles que Divino Tesoro volvía a ser el lugar donde los milagros existen. Ni bien escuché la puerta cerrada, tiré de la pita que abría la teatina y en menos de tres minutos Dantés ya estaba sobre las alas del arcángel.

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42 VIII —¡Ni loco toco esas trampas! —exclamó Dantés cuando le dije que me moría de hambre—. No quiero perder el bigote o sabe Dios qué. No sé cómo estás vivo sin comer tanto tiempo. Es un milagro. No había terminado de decir la frase y sacó, de debajo del chaleco tejido que traía, unas unas galletas pequeñas que arrojó al piso para que yo comiera. Nunca había probado algo así, eran unas bolitas pequeñas de sabor extraño para mí, pero muy agradables. —Nunca las he probado, están muy buenas —le dije. —Son galletas para gatos con sabor a ratón molido —dijo y comenzó a reír. Escupí lo que tenía en la boca. Dantés se disculpó y me explicó que desde hacía un tiempo había amos que ya no les daban comida de casa a sus mascotas, sino alimento balanceado. Dantés se lanzó con un discurso a favor de la comida casera, y si bien reconoció que era su favorita, cuando no conseguía algo de casa en la calle, pasaba por la casera del mercado, que de pena le daba estas galletitas. —No están hechas con ratón molido. Imagino que tienen harina de pescado o sabe Dios qué cosa que los humanos inventan, le ponen rico sabor y se lo comen sin pensar en el contenido. Hacía tanto tiempo que no comía que me supieron a gloria. Con la barriga llena me dieron ganas de dormir, no sin antes pedirle a Dantés que me siguiera leyendo la historia de mi familia. Amablemente, el gato retomó su lectura: «Atrás quedaron las calles empedradas de su ciudad. El mar se abría infinito ante su mirada y toda la tripulación que lo acompañaba atisbaba con ansias el horizonte.

43 No era desagradable vivir entre tules, tafetas, terciopelos, lanas y satén. Quedarse dormido entre brillos y oropeles podía estimular un hermoso sueño y dejar a un lado cualquier pesadilla que la incertidumbre de la travesía los tuviera todo el día con el rostro serio. —Vamos —dijo una mañana el capitán de la familia—. Es hora de estudiar y saber más sobre el lugar que nos acogerá. Fueron los días del viaje a la escala en Panamá los que sirvieron para aprender español de cabo a rabo. No había mucha diferencia entre el portugués y el nuevo idioma. Al unísono repetían: —O rato valente sempre encontra um pedaço de queijo delicioso. Para luego decir en la nueva lengua: —Un ratón valiente siempre encuentra un pedazo de queso delicioso. Alguna vez, Aristóteles escribió en su diario que esa afinidad fonética era el indicador de que habría muchas cosas similares a su tierra en la nueva y que serían bien recibidos por aquellos que, al oírlos, los verían más cercanos. No en vano Brasil era un país enorme cuya frontera limitaba con la del antiguo Imperio inca y estaba más cerca de los peruanos en distancia que de quienes colonizaron Porto Seguro un 22 de abril de 1500. La relación del viaje la encontramos en la bitácora de viajero del hijo mayor de Aristóteles, Vasco, quien describió al detalle los cuarenta días que duró el recorrido. Amante de la caligrafía, Vasco no solo dejó el legado del viaje, sino una pieza de arte de lo que podía ser un cuaderno de viajero. Dicho documento está guardado en el archivo familiar y su réplica acompaña esta historia como anexo final».

44 Dantés fue hasta el final del texto para darse cuenta de lo que era el pequeño manuscrito que tenía en manos: una obra inconclusa. —Tu padre no terminó la historia —reveló desilusionado. —No pudo hacerlo —respondí, a punto de llorar. Me había emocionado escuchando la narración. No pude evitar que una lágrima cayera por mi rostro al pensar en que papá ya no estaba y que no había podido concluir su sueño de publicar las memorias de nuestra familia. Dantés notó mi aflicción. Con el entusiasmo que lo caracterizaba me dijo: —¡Eh! No estés triste. Al contrario, siéntete feliz. Tienes en tus manos la obra que tu padre inició. Tú sigues joven y con vida como para terminarla. ¿Cuál es tu mayor habilidad? Le respondí que era el mejor en la carrera con bolitas de miga. —Eso es muy bueno, pero ¿qué habilidad tienes en la escuela? —insistió. —Soy bueno en historia, me gusta leer, me encargan hacer los resúmenes para los amigos que faltaron por alguna enfermedad y mamá me pide siempre que me encargue de escribir las tarjetas de Navidad para los parientes. —¡Ah! Eso es bueno. Creo que tienes los dones de los que pueden escribir una buena historia. Debes hacerlo. No vaya a ser que, como yo, por andar de aquí para allá sin parar ni un minuto, ya no recuerdo de dónde vine y no sé bien adónde voy —dijo al final, con un dejo de tristeza. —No digas eso, Dantés. Claro que sabes adónde vas. Tu corazón lo sabe y no hay en él nada que lo distraiga. Vas siempre adonde tu corazón dice que debes ir. Eres como esos

45 grandes jugadores que entran desde la banca a salvar un casi perdido partido de fútbol. Sonrió y abrió sus hermosos ojos verdes, que por la oscuridad tenían muy redondas sus pupilas negras. Parecían las bolitas de vidrio de color verde atravesadas por una línea negra con las que jugaban los niños de la escuela grande en el patio, a la hora de recreo. Tomó el manuscrito de papá y continuó leyendo: «Cuando llegaron al puerto del Callao, lo primero que vieron en el horizonte fue un desierto. El mayor de los Colariza no estaba de acuerdo con bajar y vivir en un lugar árido. Argumentaba que éramos ratones domésticos y no jerbos del Sahara, que necesitábamos agua a diferencia de estos primos lejanos que la obtienen de sus propios alimentos. El capitán de la familia argumentaba con certeza que adonde iríamos era al centro de la ciudad, que el baúl que nos albergaba estaba destinado a llegar al Teatro Municipal de Lima y que estaríamos seguros en aquel recinto. —¿Te imaginas? ¡Qué mejor lugar para una familia de ratones! —exclamaba entusiasmado el viejo Aristóteles. Y comenzaba a describir las ventajas de estar en un lugar con muchos asientos, amplio, con diversos camerinos, palcos, pisos, cortinas, almacenes. Era el lugar ideal para los roedores; con varios escondrijos, en medio de la ciudad, donde el público iba a dejar caer pedazos de galletas, algún dulce, con cafetería, panadería y comida cerca, sin hablar del deleite que será tener un piano de cola a la mano, un equipo de sonido y, por qué no, ver todas las funciones desde el más costoso de los palcos.

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47 Nada de ello convenció a los Colariza, quienes decidieron no treparse de nuevo al baúl del vestuario y tomaron como vehículo un pesado baúl que llevaba espléndidas piezas de arte europeo que se unirían a las prestigiosas obras nacionales que yacían en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. Con un fuerte abrazo, se despidieron entre lágrimas contenidas y con promesas de escribirse y reunirse nuevamente. Fue una separación dolorosa. Desde esta experiencia, la familia liderada por Aristóteles Picalibros juró que permanecería unida para siempre. El baúl con los trajes de arlequines, princesas, soldados y más realizó un largo recorrido desde el puerto del Callao hasta el centro de la ciudad, precisamente a unas cuadras de la Plaza de Armas, muy cerca del gran río Rímac y a unas escasas cuadras de la iglesia de Las Nazarenas. Al abrirse el baúl, ya dentro del gran teatro…». Dantés dejó de leer justo donde papá había escrito su último trazo, con su perfecta letra, inclinada a la derecha, delicadamente escrita, con lentitud y precisión, como cuando me anotaba en el cuaderno algo para mi maestro y yo, orgulloso, mostraba el mensaje, más que por su contenido, por la maravillosa manera en que cada trazo estaba ligado a otro y por sus emes que, a diferencia de las mías, tenían los puentes parejos. —¡ Intermezzo! —exclamó Dantés—. Es hora de dormir y soñar con cómo continúa esta historia. Buenas noches, Daniel. —Buenas noches, Dantés —le dije, para luego alzar la mirada y decirle a nuestra imagen protectora—. Buenas noches, señor Santo.

48 IX Al día siguiente, Dantés se fue temprano. La tienda Divino Tesoro inició sus labores y la vida en la ciudad palpitaba de nuevo. El ruido de los motores de los autos y las voces de los vendedores ambulantes que recorrían la avenida daban cuenta de que nada es para siempre y que las cosas continúan, así tú hayas perdido a tu familia y no sepas cómo sobrevivir solo. Toda la mañana me la pasé escondido entre los santos. Casi nadie subía al altillo. Era el lugar donde estaban las piezas que se vendían menos. Tenía que haber alguna iglesia que quisiera cambiar sus viejas imágenes para que estas perfectas esculturas salieran de su escondida estancia. Tenía esperanza en la comida que Dantés trajera de noche. El hambre había vuelto, y yo, sin poder comer los deliciosos quesos que resplandecían reflejados en el metal brillante de las trampas. De pronto corrí porque escuché en el piso de abajo una cálida voz que me recordó a la de mamá. Fui al filo del altillo. Pude ver a una hermosa y joven señora de cabello color miel atado por una cola, con dos niñas de la mano, que saludaba con cariño a la dueña de la tienda, quien abrió la puerta del mostrador y las hizo pasar a su oficina. —¿Serán ellas? —pensé al recordar la cartilla de resultados de su último partido. No habían pasado unos minutos de su llegada y ya las dos subían corriendo las escaleras que daban al altillo. Corrí a esconderme.

49 La más pequeña no llegaría a los ocho años y la más grande, tampoco a los diez. Una era delgadísima, con un cabello abundante, marrón, cortado a la altura de donde terminaban sus orejas. Llevaba un pantalón azul, una blusa con un gracioso cuello redondo bordado con flores pequeñitas y, en el pecho, el bordado continuaba dejando ver unos pollitos entre flores y hierbas. Al final de su pantalón, sus pies calzaban unos zapatos negros con pasador. La más pequeña era de contextura mediana, grandes ojos marrones, el mismo corte de cabello que la otra, pero terminaba con unos suaves rizos al final. Llevaba un vestido hecho con una tela verde que tenía pequeñas fresas estampadas en desorden y un cinturón, también verde. Llevaba zapatos negros con un broche al lado y medias blancas con bobos dobladas un poco más arriba de los tobillos. Tuve que esconderme en el rincón más lejano porque ambas empezaron a buscar algo en el piso. Llamaron su atención las trampas con queso. —No puede ser —dijo la más grande—. Ay, mi tía Nemi, tan buena como es, no puede superar su miedo a los ratones. ¿Quién le pone trampas a otros? —¿Te acuerdas que en una película vimos cómo se desarmaban? —le recordó la más pequeña. Ambas se miraron y comenzaron a quitar el gancho que sujetaba la trampa con el queso y lo colocaron al costado del resorte de manera tal que este no se accionara. Voilá, ahora cualquiera podría comerlo sin terminar con una pata quebrada.

50 Contaron las trampas y rieron al ver que la exagerada de su tía había colocado más de diez. La más pequeña dedujo: —Bueno, el pequeño pericote que esté por aquí tendrá comida para varios días —y, como queriendo darme un consejo, añadió alzando la voz—: Si es inteligente, empezará a comerse los que están más alejados y estos que están a la vista los dejará para el final. La mayor asintió con la cabeza, mirando hacia abajo con detenimiento como para cerciorarse de que yo estuviera por ahí. Hecha su buena obra del día, empezaron a buscar aquello que al inicio las inquietaba. —Aquí no está —dijo la mayor—. Tal vez haya volado al primer piso. Bajaron como rayos las escaleras para ver si su cartilla estaba en algún lugar. Jamás hubieran imaginado cómo estaba unos días antes la hermosa tienda que habían encontrado intacta después del terremoto. Mientras ellas bajaron, corrí presuroso adonde la había resguardado, metí mi patita por debajo de la santa, logré jalar el papel hasta una ubicación en la que fuera posible verlo y volví a mi escondite, pero no sin antes recoger un queso de la trampa más lejana. A los minutos, subieron desilusionadas. El resumen de las tardes de juego había desaparecido y tenían que empezar de nuevo. Se sentaron con las piernas cruzadas en el piso para iniciar una partida. Entonces, la más pequeña estiró la mano para señalar los pies de la santa.

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52 —¡Ahí está! —exclamó asombrada. —Juro que yo recorrí todo esto —aseguró la de la blusa bordada. —¿Será un milagro de Santa Rosa? —preguntó la pequeña. —No lo sé. Tal vez ha enviado un emisario para que obre el milagro —dijo la otra, mientras empezaba a recorrer la ruta de las trampas en puntas de pie. Ambas llegaron a la última, que ya no tenía queso, y se miraron sorprendidas. —Ya lo sabemos, pequeño ratón —volvió a hablarme la del vestido—. Sabemos que estás aquí y que has cuidado nuestra cartilla. Ahora nosotras cuidaremos de ti. No tengas miedo. Pórtate bien y por nada del mundo bajes a la oficina de nuestra tía. Ella es muy buena pero tiene fobia a los pericotes. ¿Entendiste? Estuve a punto de gritar que sí. Después ellas se fueron de nuevo al lado de la imagen de Santa Rosa y, cartilla en mano, repasaron los resultados. Ya sabía ahora quiénes eran Alina y Rosa. Me entretuve lo que quedaba de la tarde viendo a las niñas jugar una larga y muy profesional partida de yaxes. La pelota roja rebotó más de cien veces sobre los listones de madera del altillo y mis ojos fueron de arriba a abajo otro tanto hasta que, casi al llegar la noche, volví a escuchar la hermosa voz parecida a la de mi mamá que las llamaba para despedirse de su tía y regresar a casa. Antes de irse volvieron a dejar la cartilla a los pies de la santa y de nuevo la más pequeña me habló:

53 —Aquí están los resultados, señor Pericote. Por favor, los cuida, que pronto volveremos —dijeron ambas al unísono y se despidieron de mí con un tierno—: Que sueñe con los angelitos.

54 X Fueron días tranquilos bajo la protección de Dantés, y ambos, al amparo de las niñas que venían casi todas las tardes a acompañar a su mamá, que ayudaba a su tía en la preparación de la sustentación de su tesis. Ellas se conocían del colegio donde eran maestras. Nemi se dedicó a impulsar el negocio familiar, lo que le impidió sacar su título de maestra por falta de tiempo. Ahora que ya tenía empleados, podía dedicarse a la docencia en las mañanas y en las tardes estudiar bajo la asesoría de su buena y muy inteligente amiga para tener el certificado que acreditaba que estaba graduada. Alina y Rosa ya habían descubierto las huellas de Dantés y, para evitar que el gato me comiera, traían siempre consigo nuevos pedazos de queso para las trampas y una que otra galletita con sabor a ratón. No volvimos a pasar hambre gracias a esas generosas niñas, que sabían jugar en paz y con pasión, pero no al punto de que el calor de la competencia impidiera aceptar un resultado adverso. Dantés iba cada cierto tiempo al teatro a ver si había noticias de mi familia, pero nada, ni rastro de los Picalibros, quienes no hacía mucho éramos tan felices. Sin embargo, Dantés tenía claro que el que yo fuera en su búsqueda hasta La Perla al otro lado de la ciudad, cerca al puerto donde desembarcaron mis ancestros, era una idea descabellada. No teníamos certeza de que ellos estuvieran ahí y menos, si así fuera, en qué lugar. Era más seguro esperar noticias de ellos.

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