45 grandes jugadores que entran desde la banca a salvar un casi perdido partido de fútbol. Sonrió y abrió sus hermosos ojos verdes, que por la oscuridad tenían muy redondas sus pupilas negras. Parecían las bolitas de vidrio de color verde atravesadas por una línea negra con las que jugaban los niños de la escuela grande en el patio, a la hora de recreo. Tomó el manuscrito de papá y continuó leyendo: «Cuando llegaron al puerto del Callao, lo primero que vieron en el horizonte fue un desierto. El mayor de los Colariza no estaba de acuerdo con bajar y vivir en un lugar árido. Argumentaba que éramos ratones domésticos y no jerbos del Sahara, que necesitábamos agua a diferencia de estos primos lejanos que la obtienen de sus propios alimentos. El capitán de la familia argumentaba con certeza que adonde iríamos era al centro de la ciudad, que el baúl que nos albergaba estaba destinado a llegar al Teatro Municipal de Lima y que estaríamos seguros en aquel recinto. —¿Te imaginas? ¡Qué mejor lugar para una familia de ratones! —exclamaba entusiasmado el viejo Aristóteles. Y comenzaba a describir las ventajas de estar en un lugar con muchos asientos, amplio, con diversos camerinos, palcos, pisos, cortinas, almacenes. Era el lugar ideal para los roedores; con varios escondrijos, en medio de la ciudad, donde el público iba a dejar caer pedazos de galletas, algún dulce, con cafetería, panadería y comida cerca, sin hablar del deleite que será tener un piano de cola a la mano, un equipo de sonido y, por qué no, ver todas las funciones desde el más costoso de los palcos.
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