En octubre si hay milagros

12 II La mañana del 3 de octubre de 1974 nos levantamos muy temprano. Papá saldría al trabajo y nosotros nos quedaríamos en casa: no había clases ese día. No sé bien por qué —quizá alguna disposición del gobierno o algún feriado escolar inesperado—, pero lo cierto es que nos mantuvo a todos juntos en casa. Excepto papá. En esta ciudad, las clases empiezan en abril y acaban en diciembre, así que para octubre uno ya está cansado y sueña con que llegue el verano. Yo solo quería que la primavera pasara rápido, sin tareas para la casa, que llegaran las vacaciones y poder leer los libros que pediría como regalo de Navidad. Nuestra escuela, la Gran Unidad Escolar Don Juan Pérez, quedaba a unas cuadras de la casa: un camino largo a través de la calle de las imprentas donde mi papá trabajaba. Unas tres cuadras camino hacia el río debíamos doblar a la derecha para ingresar a un pasaje empedrado: allí estaba la escuela. Era un colegio muy grande, con un amplio patio interior desde donde la escalera principal ascendía a la segunda planta. Debajo de esta escalera se encontraba la pequeña y discreta puerta que era la entrada a nuestra escuela; una muy pequeña dentro de la mayor. Allí íbamos a aprender casi lo mismo que los que, sin vernos, creían que eran los únicos entre las especies que habitaban el planeta Tierra que sabían algo sobre las estrellas, el clima, la historia, el lenguaje…

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