24 cada uno, varias rayitas verticales que cada cuatro unidades eran atravesadas por un palito en diagonal. Al final decía: —Aquí nos quedamos. Firman: Alina y Rosa. 29 de septiembre de 1974. Hacía muy poco que eso se había escrito. Deseé por eso, con todo mi corazón, que esas niñas no hubieran estado lejos de sus padres en el terremoto. Moví el papel un poco para que quedara debajo de los pies de la santa y así un viento no hiciera volar por los aires lo que parecía la cuenta de una partida de algún juego que esas niñas habían dejado como constancia para continuarla en otra ocasión. Cuántos juegos con mis hermanos quedaron detrás, juegos maravillosos como la carrera de bolitas con miguitas de pan o el escape del laberinto. Este último era muy divertido. Dibujábamos en el piso, con tiza, un modelo del laberinto al que eran sometidos los pobres hermanos ratones de laboratorio y medíamos quién salía de él en menos tiempo. Solía ganarlo Mercurio, que parecía tener alas en las patitas. La carrera de bolitas era mi fuerte; nunca perdía. Nadia ganaba en la cuerda floja, Konstantin era el mejor en la búsqueda del queso de oro y Caroline siempre ganaba en encontrar formas graciosas uniendo las estrellas del firmamento. Recordarlos me llenó por un momento de alegría y me fui a dormir un poquito menos triste. Elevé la mirada para desearle de nuevo las buenas noches al señor de ojos color marrón y largas pestañas, cuando vi en la teatina que una mancha negra se interponía entre mí y la Luna. Era el gato negro.
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