En octubre si hay milagros

48 IX Al día siguiente, Dantés se fue temprano. La tienda Divino Tesoro inició sus labores y la vida en la ciudad palpitaba de nuevo. El ruido de los motores de los autos y las voces de los vendedores ambulantes que recorrían la avenida daban cuenta de que nada es para siempre y que las cosas continúan, así tú hayas perdido a tu familia y no sepas cómo sobrevivir solo. Toda la mañana me la pasé escondido entre los santos. Casi nadie subía al altillo. Era el lugar donde estaban las piezas que se vendían menos. Tenía que haber alguna iglesia que quisiera cambiar sus viejas imágenes para que estas perfectas esculturas salieran de su escondida estancia. Tenía esperanza en la comida que Dantés trajera de noche. El hambre había vuelto, y yo, sin poder comer los deliciosos quesos que resplandecían reflejados en el metal brillante de las trampas. De pronto corrí porque escuché en el piso de abajo una cálida voz que me recordó a la de mamá. Fui al filo del altillo. Pude ver a una hermosa y joven señora de cabello color miel atado por una cola, con dos niñas de la mano, que saludaba con cariño a la dueña de la tienda, quien abrió la puerta del mostrador y las hizo pasar a su oficina. —¿Serán ellas? —pensé al recordar la cartilla de resultados de su último partido. No habían pasado unos minutos de su llegada y ya las dos subían corriendo las escaleras que daban al altillo. Corrí a esconderme.

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