56 Habían ideado ese juego para que pudiera participar la pequeña, pero esta, como toda niña chiquita, quería hacer lo que las más grandes. Entonces, ya no quiso jugar y a cambio pidió insistentemente saltar la liga. Rosa y Alina se ciñeron la liga, la tensaron y la pequeña empezó a saltar de un lado a otro hasta que perdió su turno. Como era muy pequeña, no podía servir de soporte, así que las grandes hicieron lo de siempre con el santo robusto mientras que la pequeña, a un costado, imitaba a la que saltaba para no fallar la próxima vez. Sin darse cuenta, entre salto y salto, el santo robusto fue acercándose al santo de los caramelo, y en una de esas en que el paso para cruzar las ligas era con la pierna estirada, la hermanita menor fue a estrellar con fuerza su duro zapato de charol sobre el pequeño ratón de yeso que fuera mi consuelo. El ruido llegó hasta el primer piso. La mamá salió de la oficina para preguntar lo que había pasado, pero las niñas dijeron que nada, solo que una se había caído. Con la cabeza y casi todo el cuerpo del ratón partido, la pequeña iba a empezar a llorar, pero la mayor la abrazó y le dijo que no se preocupara, que se quedara quieta mientras encontraban una solución. ¿Pero qué solución podía haber para tremendo desastre?, pensaba yo. Y ahí estaban las dos hermanas sentadas, pensando qué hacer cuando escucharon la llegada de una persona. Al igual que yo, miraron hacia abajo, medio escondidas, desde el altillo.
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