En octubre si hay milagros

16 Estábamos hablando de todo eso mientras yo lavaba los platos del desayuno y Mercurio los secaba, cuando sentí un breve movimiento bajo mis pies. Levanté los ojos. Mercurio ya me miraba. —¿Qué fue eso? —me preguntó. No acababa de decirlo y ya mamá nos estaba pidiendo, desde su habitación, que fuéramos al patio. Ella nos dijo que ese pequeño movimiento había sido un temblor; que tal vez, como don Jorge era más grande, no lo había sentido, y que esa era nuestra ventaja al ser más pequeños, que podíamos sentir antes que nuestros amigos humanos los temblores. —Ahora ya saben —advirtió mamá—. Si esto vuelve a ocurrir, vamos al patio. Si es muy fuerte, salimos por el pasadizo a la calle rumbo a la avenida siempre juntos, sin separarnos. ¿Entendieron? —recalcó. —Sí, mamá —respondimos. Volví a los platos y me percaté del manuscrito que estaba sobre una silla: Los Picalibros, historia de una travesía, decía su título

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