20 Papá se detuvo para ver el auto en el que se iba la familia; yo volteé también. En el vidrio posterior del bus amarillo pude leer unas letras gordas e inclinadas de color negro con sombras amarillas que decían: «La Perla-Callao». Volteé para ver a papá. Estaba tendido al borde de la acera. Olvidé a mamá, a La Perla, las letras de bordes amarillos, el piso movedizo, las casas derruidas y, como si nada más hubiera en el mundo, corrí adonde papá. Acerqué mi redonda oreja a su pecho, pero su corazón había dejado de moverse. El tiempo se detuvo, como el latido de su corazón. Estuve no sé cuánto tiempo paralizado. De pronto, una voz aguda, como las de los cuentos de terror en los que un gato brujo te convierte en paté, me advirtió: —Si sigues ahí, te harán papilla. Un gato flaco y negro se me acercó, tomó a mi papá en sus fauces y trepó por una escalera de incendios que daba a la parte lateral del convento de la iglesia donde está la imagen del Cristo que sale en octubre en procesión. Me sentí impotente, desesperado. Ese gato se había llevado a mi padre y yo no había hecho nada. Estaba aterrado y solo al borde de la acera. El gato volvió sin papá. Yo corrí y atravesé la primera puerta abierta que encontré. Una vez adentro trepé por una escalera de madera a un altillo. Sintiéndome temporalmente a salvo, tuve tiempo para darme cuenta de que no tenía el manuscrito. Había perdido lo único que me quedaba de mi padre y mi familia.
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