En octubre si hay milagros

55 Todas las noches le pedía al santo de los ojos caramelo que un buen día Dantés me diera la buena nueva de que habían regresado. En ese momento pensaba cómo decirles que papá ya no estaba. Me entristecía saber el dolor que sentirían, por el que yo ya había pasado. Debo confesar que mis nuevas amigas me hacían las tardes muy felices. Verlas jugar con sus yaxes o saltar con una liga que colocaban alrededor de una y del otro lado, ciñendo la estatua del santo más robusto para poder saltar estirando las piernas de un lado a otro, me entretenía tanto como si estuviera en el circo. Una tarde sentí una voz aguda. No era la de ninguna de las dos. La mamá no había tenido con quién dejar a su hijita menor y la llevó consigo. La pequeña era blanca como una perla con el cabello negro y sus ojos, cual carboncitos, tenían una mirada vivaz. Las hermanas no estuvieron muy felices de que su equilibrio se rompiera. La pequeña era lo bastante menor para no poder jugar con destreza a los yaxes, así que subieron al altillo. Esa vez interpretaron que eran una familia que se había perdido en el bosque. Las estatuas eran los árboles y cada una tenía que moverse de manera tal que no se toparan mientras iban diciendo «¿Dónde estás?», para que la otra respondiera «Por aquí». Pero luego, la que había indicado dónde estaba debía moverse para que no la encontraran; de lo contrario, salía del juego para que entrara la que estaba esperando su turno.

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