En octubre si hay milagros

38 Los hombres sabían su trabajo. Detectaron con rapidez aquellos objetos que podían venirse abajo y los colocaron a buen recaudo, para poner en la calle, pegado a la pared, lo que estaba estropeado y debía ser arrojado a la basura. Tomaron luego dos escobas para quitar el polvo del piso. Fue en ese instante que uno le mencionó al otro que habían sobre el suelo empolvado huellas de pequeños deditos, como de los pies de los ratones. —Disculpe, señora, creo que en su local hay ratones o ratas —se dirigió el hombre más alto y de gruesos bigotes a la dueña de la tienda, mientras le señalaba con el índice el piso para que viera mis huellas. La mujer se subió de un salto, con toda su corpulencia, a un banco para decir en voz alta, casi gritando. —¡Saquen de aquí a esos monstruos! Vayan a comprar trampas y queso para atraparlos y arrojarlos a la basura. —¿No sería mejor comprar veneno y colocarlo para mueran de una vez? —replicó el hombre más bajito, detrás de sus lentes de gruesas lunas. —No —respondió ella—. En este recinto sagrado no debe haber asesinatos. Solo atrápenlos y arrójenlos a la basura. Me entristecí al escucharla. La señora que acomodaba con suma delicadeza los rosarios, las velas y los libros de nácar no podía ser la misma que no toleraba a mi especie. Los humanos suelen ser contradictorios, dijo alguna vez mi papá, o tal vez era que dentro de ellos había más de uno.

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