68 XIII Era la mañana del tercer recorrido de la procesión. Desde muy temprano se escuchaban pasar las carretillas que a lo largo de la gran avenida ofrecerían deliciosos platos a los devotos. El olor del turrón de doña Pepa, de los picarones, de la mazamorra morada y del arroz con leche entraba por las ventanas de las casas y tiendas cercanas a la iglesia; también, el olor del carbón que se encendía para luego dorar riquísimos anticuchos. Las mujeres con hábitos morados y mantillas blancas sahumaban la ciudad con el olor a palosanto que provenía de talladas canastillas de metal que llevaban en sus manos mientras entonaban frases alusivas a la fecha: «En nuestra amada ciudad, tu presencia es hermandad, y en el barrio de Pachacamilla te venimos a adorar». Era tal la fe de quienes venían a ver al Cristo Moreno que nadie se percataba del gato que llevaba tres ratones en el lomo (Mercurio, Nadia y yo) ni del perro que en el suyo también cargaba a otros tres (mamá, Konstantin y Caroline). La imponente imagen había dormido en la iglesia Nuestra Señora del Carmen, en Barrios Altos, y volvería a su hogar de Las Nazarenas de noche, así que aprovechamos para abrirnos paso entre la multitud, entrar a la iglesia, cruzar la sacristía y terminar en el jardín interior del convento. Todos estaban afuera esperando la llegada del anda; adentro, nosotros dábamos nuestro último adiós a papá. Dantés estaba a punto de llorar y Murdock, muy serio, trataba de ocultar con el ceño fruncido su corazón de niño fuerte y
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