62 XII —Ya llegamos —gritó el chofer desde la cabina al hombre que estaba dentro cuidando que la caja estuviera segura. De pronto el auto paró y el chofer y el copiloto, en menos de lo que canta un gallo, estaban abriendo la puerta para ayudar al vigilante a bajar la caja. Pusieron la caja de pie sobre un cargador de metal y entre un movimiento y otro yo ya estaba en el interior del convento y colocado en una cámara. Frente a nosotros estaba otra hermosa imagen de la santa con la corona de rosas y la mirada dulce. Al lado de ella había otro santo con una capa verde y los brazos abiertos sosteniendo en una mano un báculo dorado. Me enteré después de que la joven de la corona de rosas se llamaba como ellas: Rosa, y que el hombre de la capa verde era Santo Toribio, o al menos así decían los letreros escritos con esmero en cada uno de los altares. Estaba yo en eso, escuchando cómo el cura les daba instrucciones a los trabajadores, cuando por uno de los vitrales laterales vi aparecer los ojos esmeralda de Dantés. El día de la procesión todo ocurre fuera de la iglesia, en el altar externo que se arma para recibir el paso del anda del Cristo Moreno. Me trepé entonces a la ventana de vitral para dejar que el gato entrara. Dantés empezó a hablar atolondrado con un papel en la mano que tenía el rostro de mi padre y el mío impresos. —Daniel, esto es un milagro —decía a punto de llorar con el papel en la mano—. Veníamos para acá con Murdock y, al pasar por la puerta principal del teatro que fuera tu casa, que había
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