19 a nosotros, en medio de la estrecha calle, se comenzara a desmoronar. Mamá volvió a gritar: —Corramos a la avenida. No se separen. Me costaba correr a la misma velocidad que el resto con el manuscrito de mi padre. No iba a soltarlo. Era una manera de estar con él en ese momento. Venían a mi mente breves pensamientos que eran cortados por la violencia que hacía que todo se desplomara a cada paso. Cuando llegamos a la avenida principal que conducía a la gran iglesia, la tierra dejó de moverse. Las personas que habían aprovechado el feriado escolar para ir con sus hijos a visitar la iglesia nazarena, donde estaba el Cristo Moreno, corrían de un lado a otro, todas buscando un medio rápido para volver a su hogar. Mamá nos dijo una vez más que no nos separáramos porque íbamos a regresar a casa en medio de esos zapatos que iban y venían. Juntos, en zigzag y en fila, uno de tras de otro, comenzamos el regreso, cuando un gran ómnibus arrancó abriéndose paso entre la gente. Antes de que nos aplastara, mamá saltó a la canasta de una señora que subía al bus. Mis hermanos la siguieron, pero yo me quedé abajo, mirando a lo lejos cómo mi papá venía por la otra calle. Nos había visto y venía corriendo. El auto arrancó y yo corrí en dirección a papá sin importarme que algún zapato de taco de alguna señora me cortara la cola o un botín de policía me hiciera puré.
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