En octubre si hay milagros

50 Contaron las trampas y rieron al ver que la exagerada de su tía había colocado más de diez. La más pequeña dedujo: —Bueno, el pequeño pericote que esté por aquí tendrá comida para varios días —y, como queriendo darme un consejo, añadió alzando la voz—: Si es inteligente, empezará a comerse los que están más alejados y estos que están a la vista los dejará para el final. La mayor asintió con la cabeza, mirando hacia abajo con detenimiento como para cerciorarse de que yo estuviera por ahí. Hecha su buena obra del día, empezaron a buscar aquello que al inicio las inquietaba. —Aquí no está —dijo la mayor—. Tal vez haya volado al primer piso. Bajaron como rayos las escaleras para ver si su cartilla estaba en algún lugar. Jamás hubieran imaginado cómo estaba unos días antes la hermosa tienda que habían encontrado intacta después del terremoto. Mientras ellas bajaron, corrí presuroso adonde la había resguardado, metí mi patita por debajo de la santa, logré jalar el papel hasta una ubicación en la que fuera posible verlo y volví a mi escondite, pero no sin antes recoger un queso de la trampa más lejana. A los minutos, subieron desilusionadas. El resumen de las tardes de juego había desaparecido y tenían que empezar de nuevo. Se sentaron con las piernas cruzadas en el piso para iniciar una partida. Entonces, la más pequeña estiró la mano para señalar los pies de la santa.

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