En octubre si hay milagros

26 V Me escondí detrás del santo protector de los animales para que el gato no me viera, pero ya era tarde. Golpeaba con su pezuña el vidrio, queriéndome decir algo. Asomé la cabeza discretamente por el costado de la manta negra de mi imagen protectora y vi al gato. No sé leer labios, y menos, hocicos de gato. Grave error, como decía mi papá. Uno debe saber siempre el idioma de sus adversarios; sin embargo, a pesar de ello, presentía que quería decirme algo importante. Salí de mi escondite y el felino empezó a gritar que le abriera la ventana, que jalara el gancho de la teatina para que esta se descolgara un poco y él pudiera entrar. No sabía qué hacer. Dudaba de él. Me habían educado para desconfiar de los gatos; sin embargo, el señor de los ojos caramelo tenía comiendo de un mismo plato a mi compañero de sueños con un gato y a este, con un perro. Por un momento pensé que toda regla tiene una excepción o que mi papá había aprendido de su papá —y este, del suyo— a temer a los gatos, y que los gatos, a su vez, habían aprendido de sus padres a cazar ratones y que era ya más por costumbre que por necesidad que esta historia seguía siglos y siglos; más ahora, en medio de una ciudad con basureros llenos de restos de comida mucho más sabrosa que un ratón. Volteé a consultarle al sabio señor de hábito negro y comprendí que el mundo podía cambiar si así lo queríamos. Tomé fuerzas y, trepándome cual Nadia en su mejor rutina de equilibrio, llegué hasta la teatina, que tenía una pita atada al cerrojo para jalarlo desde abajo.

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