42 VIII —¡Ni loco toco esas trampas! —exclamó Dantés cuando le dije que me moría de hambre—. No quiero perder el bigote o sabe Dios qué. No sé cómo estás vivo sin comer tanto tiempo. Es un milagro. No había terminado de decir la frase y sacó, de debajo del chaleco tejido que traía, unas unas galletas pequeñas que arrojó al piso para que yo comiera. Nunca había probado algo así, eran unas bolitas pequeñas de sabor extraño para mí, pero muy agradables. —Nunca las he probado, están muy buenas —le dije. —Son galletas para gatos con sabor a ratón molido —dijo y comenzó a reír. Escupí lo que tenía en la boca. Dantés se disculpó y me explicó que desde hacía un tiempo había amos que ya no les daban comida de casa a sus mascotas, sino alimento balanceado. Dantés se lanzó con un discurso a favor de la comida casera, y si bien reconoció que era su favorita, cuando no conseguía algo de casa en la calle, pasaba por la casera del mercado, que de pena le daba estas galletitas. —No están hechas con ratón molido. Imagino que tienen harina de pescado o sabe Dios qué cosa que los humanos inventan, le ponen rico sabor y se lo comen sin pensar en el contenido. Hacía tanto tiempo que no comía que me supieron a gloria. Con la barriga llena me dieron ganas de dormir, no sin antes pedirle a Dantés que me siguiera leyendo la historia de mi familia. Amablemente, el gato retomó su lectura: «Atrás quedaron las calles empedradas de su ciudad. El mar se abría infinito ante su mirada y toda la tripulación que lo acompañaba atisbaba con ansias el horizonte.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx