59 —¿Adónde partes mañana? —me preguntó. —Al convento de Santo Domingo. —Entonces debemos levantarnos temprano para que el plan salga perfecto. Tengo un amigo que será de gran ayuda. Ya lo conocerás. Amparado por el rostro del santo y la luna llena sobre nosotros alumbrando nuestros sueños desde la teatina, dormí tranquilo pensando en que hay momentos en que uno tiene que hacerse cargo de las cosas. Me despertó Dantés muy temprano para decirme que, como él no podía ser visto, no quería irse sin dejarme instalado como ratón de yeso. Con su enorme lengua lamió mi pelaje para que pareciera de yeso. —Yo ya he visto embalar santos antes, así que no temas. Primero traerán una caja que en la base tendrá mucho periódico y, sobre este, mucha viruta. Encima colocarán la estatua y deberás contener la respiración un rato porque te cubrirán con papel y más viruta para luego cerrar la caja. Tú sabes respirar entre papeles. Además, la caja deja pasar el aire por las grietas que unen los listones de pino —me explicó con detenimiento. Y así fue. Ni bien Dantés escuchó que abrían los cerrojos salió por la teatina a buscar al amigo que me comentó. Como a eso de las diez de la mañana llegaron los encargados del transporte para embalar la imagen y llevarla al convento, a unas ocho cuadras de donde estábamos. Pensar en el alivio que sería para las niñas me dio valentía y, con serenidad, fui superando uno por uno los pasos descritos por mi amigo. Colocaron la tapa a la caja y todo se oscureció. Cuando salimos a la calle para que nos subieran al camión de
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