En octubre si hay milagros

18 III Regresé a mi tarea. Solo me faltaban unas tazas para terminar de lavar y el piso debajo de mis pies volvió a temblar, esta vez por un lapso más largo. Mercurio y yo hicimos lo que mamá dijo. Salimos al patio y yo, no sé por qué impulso, tomé, antes de salir el manuscrito que papá había dejado para que mamá lo leyera. Cuando estuvimos en el patio —menos nuestra pequeña gimnasta—, el piso empezó a moverse y mamá gritó: —Nadia, sal de inmediato. Nadia, que no tenía miedo de caminar sobre arenas movedizas, corrió más por hacer algún tipo de salto que por temor. Fue en ese momento que el piso empezó a girar como un remolino terrestre. Nos quedamos paralizados y todo empezó a sonar con el estrépito de las cosas cayendo al piso. Mamá nos miró, nos ordenó una vez más que no nos separáramos y nos indicó que saliéramos con cuidado. Atravesamos en grupo el largo pasadizo que conducía a la calle principal a toda velocidad, con los oídos erguidos por el impacto del ruido y nuestras colas moviéndose de un lado a otro para mantener el equilibrio en medio de un planeta que ya no solo se movía alrededor del Sol o sobre su eje, sino que parecía querer explotar. Si no hubiera sido por las almohadillas de mis pies, que me servían para dar grandes zancadas sin sentir el impacto, no hubiera podido llegar hasta la calle. La gente no se percató de nosotros, así que estábamos a salvo. Un segundo y fuerte remezón hizo que el edificio frente

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