En octubre si hay milagros

52 —¡Ahí está! —exclamó asombrada. —Juro que yo recorrí todo esto —aseguró la de la blusa bordada. —¿Será un milagro de Santa Rosa? —preguntó la pequeña. —No lo sé. Tal vez ha enviado un emisario para que obre el milagro —dijo la otra, mientras empezaba a recorrer la ruta de las trampas en puntas de pie. Ambas llegaron a la última, que ya no tenía queso, y se miraron sorprendidas. —Ya lo sabemos, pequeño ratón —volvió a hablarme la del vestido—. Sabemos que estás aquí y que has cuidado nuestra cartilla. Ahora nosotras cuidaremos de ti. No tengas miedo. Pórtate bien y por nada del mundo bajes a la oficina de nuestra tía. Ella es muy buena pero tiene fobia a los pericotes. ¿Entendiste? Estuve a punto de gritar que sí. Después ellas se fueron de nuevo al lado de la imagen de Santa Rosa y, cartilla en mano, repasaron los resultados. Ya sabía ahora quiénes eran Alina y Rosa. Me entretuve lo que quedaba de la tarde viendo a las niñas jugar una larga y muy profesional partida de yaxes. La pelota roja rebotó más de cien veces sobre los listones de madera del altillo y mis ojos fueron de arriba a abajo otro tanto hasta que, casi al llegar la noche, volví a escuchar la hermosa voz parecida a la de mi mamá que las llamaba para despedirse de su tía y regresar a casa. Antes de irse volvieron a dejar la cartilla a los pies de la santa y de nuevo la más pequeña me habló:

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