En octubre si hay milagros

37 VII Al despertar, lo primero que hizo Dantés fue contarme a quiénes pertenecía mi refugio. Estirándose todo lo largo que era y quitándose la pereza, iba dándome instrucciones acerca de cómo comportarme en aquel lugar. Teníamos toda la mañana para un entrenamiento básico de supervivencia, como él llamaba a la situación, cuando sentimos que alguien le quitaba desde afuera los candados a la puerta enrollable. —A esconderse —me advirtió, para luego añadir que se tenía que ir, que era muy grande para pasar desapercibido, y que ya una vez la dueña había castigado a unas amiguitas suyas por dejarlo estar dentro de la tienda. De la cabeza de nuestro santo protector saltó a las alas del arcángel, de ahí, a la teatina abierta, y desapareció por los tejados. La amplia puerta frontal de la tienda de artículos religiosos Divino Tesoro se abrió por completo y mi recinto, el altillo habitado por los santos de iglesia, quedó iluminado hasta el último rincón. Con cuidado, y dando gracias a mi pequeño tamaño, me asomé por un costado para saber qué sucedía abajo. Una señora robusta de cabello oscuro y rostro serio les daba indicaciones a dos hombres vestidos con ropa de faena. De la conversación entre patrona y empleados pude deducir que no eran sus trabajadores permanentes, sino un par de contratados especialmente para ordenar lo que nuestra temblorosa tierra había ocasionado.

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