En octubre si hay milagros

69 valiente. Mamá dijo unas hermosas palabras; yo le entregué el manuscrito que Dantés había guardado. Leyó la dedicatoria y después de un suspiro me dijo: —Tú tienes la letra muy parecida a la de él. Por algo lo rescataste. Creo que eres quien debe continuar con la historia —y me devolvió aquellos mágicos folios cosidos a mano. Era hora de regresar. La escena estaba por llegar. Oíamos muy cerca el sonido de la banda que entonaba el tradicional himno al Señor de los Milagros. En medio del gentío que se apretujaba en la puerta, Dantés y Murdock se las arreglaron para salir con nosotros en sus lomos. Antes de cruzar la avenida, vimos llegar a la imagen. Perro y gato se quedaron parados ante la conmovedora escena: una cuadrilla de treinta y dos hombres de ropas moradas y cordones blancos colgando de sus pechos se habían colocado debajo del anda en cuatro filas y la hacían avanzar, con paso acompasado y fervor en la mirada, hasta su destino. Detrás de ellos, las mujeres sahumadoras, cubiertos sus cabellos con mantillas blancas, cantaban con devoción; detrás de ellas, miles de personas llenaban a todo lo ancho la avenida. A lo lejos pude ver a mis pequeñas amigas, Alina y Rosa, que, junto a su madre y a su tía, paradas en una larga banca, asistían emocionadas al espectáculo. Doblando la esquina para dirigirnos al teatro, Dantés se detuvo en el puesto de periódicos porque algo llamó su atención. Una colorida fotografía del interior del convento de Santo Domingo, precisamente de la imagen de San Martín de Porres, y más precisamente, de los claveles blancos colocados

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